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viernes, 3 de octubre de 2008

Arriba y abajo.

Creo que fue en el mes de junio cuando le ví por segunda vez... Ya me pareció al conocerle que era un hombre atractivo con apariencia de triunfador, un yuppie sevillano de estilo pijillo, con ese acento que ahora no se lleva nada disimular, sino todo lo contrario. Pero en esta ocasión estaba pletórico de veras.

Nos citó, a mí y a mi cliente, en la cafetería del Hotel Palace... Nos esperaban en una mesa bajo la cúpula, el y un comercial de su empresa... se notaba la diferencia de nivel en la empresa con solo observar su distinta forma de vestir: él llevaba un traje de corte impecable, una camisa moderna pero no llamativa y una corbata muy elegante y que debía tener un tacto suavísimo; el comercial que le acompañaba vestía un traje de confección de peor tejido y que le hacía algún faldon que otro, una camisa de hiper-moda nada discreta y que se arreaba de bofetadas con la corbata. Pero además, mientras él estaba sentado cómodamente, reclinado hacia atrás con una pierna cruzada sobre la otra (zapatos negros bien lustrados, de cordones, con calcetines negros de hilo de escocia), el comercial estaba inclinado hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, con un cierto gesto de ansiedad en la cara.

Al llegar nosotros a su mesa, por supuesto ambos se levantaron. Se produce siempre en estas situaciones algo confuso, porque a mí, al ser mujer, los hombres no saben si deben estrecharme la mano o darme dos besos... yo prefiero la mano, que así aprovecho a tantear el pulso del contrario y... en efecto, mientras el comercial me dio una mano un poco "blanda", el suyo fue un saludo que se notaba muy estudiado y practicado.

La conversación comenzó con una frase del tipo que yo me esperaba "¿quereis tomar algo? aquí es que ya nos conocen y esta es siempre nuestra mesa, es la que más nos gusta". A continuación este "boss" sevillano, introdujo el tema haciendo su papel, que no era otro que pintar un paisaje de seguridad y tranquilidad, tanto en lo que se refiere al mercado inmobiliario como, especialmente, a su empresa de cuya solvencia no había duda, y de la que nos podía facilitar si queríamos informacion bancaria... que, no obstante, la promoción concreta en la que mi cliente había invertido está sufriendo unos retrasos por cuestiones administrativas, pero que no quieren perder su confianza y le proponen un estupendo negocio para sustituir al anterior: una promoción en Brasil... Menos mal que no me dejo despistar facilmente por un traje bonito con buena percha ¿no perder la confianza de mi cliente?... si le habíamos estado enviando reclamaciones extrajudiciales desde enero y habíamos presentado la demanda en marzo... Hacer de la debilidad fortaleza... es una consigna básica del marketing. De escuela, vamos.

Dejó el trabajo comercial "sucio" a su acompañante, que desplegó folletos, infografías y planos, y que no conseguía evitar que cierto nerviosismos asomara por la comisura de sus labios temblorosos al no saber, en muchos instantes, si le tocaba reir, sonreir o qué.... claramente estaba muy pendiente de sus gestos porque algo que él si sabía y nosotros no le rondaba la cabeza... Tsé, tsé...

Nos despedimos amablemente, esta vez con dos besos (hemos tomado café juntos en el Palace... ya hay confianza) prometiendo contestar en breve a su oferta pero anunciando que sería negativa seguramente. Al despedirme me miró directamente a los ojos, con esa mirada que intenta transmitir seguridad y confianza, y una sonrisa de apariencia franca... Mi cliente, que es listo como un águila, me hizo comentarios sobre la reunión que coincidían con mis conclusiones: la empresa aún no tiene impagados pero los va a tener en breve, y quieren cerrar el acuerdo cuanto antes... tanta exhibición... además, mi cliente no quiere ir a Brasil para nada, solo quiere que le devuelvan su dinero.


Esta semana le he vuelto a ver... Esta vez venía él solo, no traía ayudante para el trabajo sucio, y la reunión fue en una agencia que ha colaborado con ellos en la comercialización de las promociones. Tenía mala cara, ojeras y la corbata ligeramente aflojada... yo creo que hasta estaba despeinado. Quizá no tenga nada que ver, pero el párpado del ojo izquierdo lo tenía ligeramente más caído. Era la viva imagen del abatimiento, defendiendo sólo a la empresa, físicamente agotado, con la mirada triste... Cuando llegué, estaba sentado a la mesa de reuniones, inclinado hacia adelante reposando el peso de su espalda sobre los antebrazos apoyados en la mesa... se giró, me miró, se puso en pie y me dijo... "estás más delgada, ¿no?"... Evidentemente tenía la guardia baja, porque ese comentario (que a mí me sentó bien porque estoy a régimen) tiene una índole personal de lo más inapropiada, claro... Pero venía rendido, a decir que ahora, la empresa está estrangulada, no van a ir adelante con la promoción de mi cliente, pero además, van a vender el suelo de Brasil... las promotoras no les pagan, no pueden pagar a las subcontratas... tienen mucho suelo, pero ninguna liquidez... vienen a ofrecer la obra construida que tienen en la península. Se agacha. En el suelo hay un "ranchito" de carpetas y carteras, con folletos, infografías y fotos. Y comienza a enseñarle a mi cliente lo que puede ofrecerle. Pero no pueden devolverle el dinero porque eso es lo que no tienen.

Yo lo miraba y comparaba esa imagen con la del Palace; no podía evitar pensar en lo mal que lo debía estar pasando. Probablemente su puesto de trabajo está pendiente de un hilo, y ha debido trabajar a destajo en los últimos meses, viendo además como el barco cargado de oro se hunde por su propio peso, sin que todo el tiempo que él dedica a achicar agua pueda impedirlo. Y además parecía sentirse derrotado y evitaba mirarnos, como si tuviera verguenza, como si supiera que estábamos acordándonos de su mesa favorita en el Palace...

Y así, derrotado, me pareció más persona, más auténtico, incluso más atractivo al poder verle a él y no a la imagen que vende de él... vi a un hombre de mi edad aproximadamente, que ha estudiado una carrera para tener un buen trabajo, que además hace bien (porque el despliegue del Palace era bueno, y él parecia salido del Actors Studio), en el que invierte el tiempo necesario para que salga adelante, cediendo su tiempo de ocio si es necesario... y que se ha visto pillado por este maremoto económico que se nos ha venido encima...

No me gusta ver sufrir a la gente, no me gusta pisarles el cuello cuando están caídos... podía haberlo hecho, porque yo creo que estaba dispuesto a recibir hasta insultos (parece ser que algún inversor citado el mismo día ya se había despachado agusto un rato antes)... Así que decidí echarle un cable y facilitarle las cosas... total, el resultado va a ser el mismo. Y le dije... "puf, parece que nos ha pillado el toro con esto de la crisis, se ve que estás pasando un mal rato Ignacio... debes haber trabajado mucho estos últimos meses, pareces cansado o... ¿es del viaje?... en cualquier caso, somos conscientes de que en este momento estamos en el mismo barco y nuestro enemigo común es la crisis, intentaremos buscar soluciones que a todos nos sirvan, vamos a ser creativos, algo se nos ocurrirá... si no es así, pues veremos por donde sale el juicio... el juez resolverá y si la empresa aún sigue en pie, cobraremos y si no... pues nada". Me miró a los ojos directamente y me sonrió francamente, relajándose automáticamente al comprender que ya no tenía que disimular su abatimiento, pero aún así, no desaprovechó el cable y nos explicó que había tenido partido de futbol el día anterior, que se había acostado tarde y se había levantado a las cinco de la madrugada... y sus movimientos y sus gestos ya fueron más apacibles durante el resto de la reunión.

Qué trabajo más duro, ahora vendes el poderío y tres meses después, tienes que hablar con la misma persona a la que tenias que hepatar, pero ahora para pedir comprensión con la pésima situación de la empresa... La vida enseña a golpes, ahora estás arriba y mañana estás abajo... Y pasado mañana...

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Más hombres

Bueno, pues hoy iba a escribir una entrada sobre los miedos (de nuevo) pero los acontecimientos del día me han hecho cambiar de idea, ya que ha sido una de esas jornadas en las que te encuentras con personas amables, peculiares y con una historia que contar de las que animan.

He ido esta mañana a una prueba testifical al Juzgado de Orgaz, en Toledo, para una ratificación de unos agentes de tráfico en un delito por conducción temeraria... Ya de entrada, la llegada al pueblo me produjo una sensación muy positiva, porque es un pueblín pequeño que conserva muy bien su arquitectura tradicional de calles estrechas y empedradas, y fachadas blancas con soportales de madera. Además, hoy hacía buena temperatura, el cielo estaba despejado y la luz ya no incide tan vertical como en verano, por lo que los colores son más vivos.

Al salir del Juzgado, he intentado invitar a los señores agentes a un café, ya que han sido muy amables y agradables conmigo, pero (como yo esperaba) no se han dejado, y a cambio, me han avisado de que tenían que volver a sus funciones con el rádar... a la ruta que yo iba a tomar seguidamente (glup).

Así que, he entrado ha tomarme un café antes de iniciar mi regreso, en el primer bar que hacía esquina. Y mientras el propietario, que atendía la barra, terminaba unas comandas pendientes de cafés, zumos y tostas variadas, he visto que tenían pulguitas a 1 € y me he dicho... "¿por qué no? el verano que viene está lejos" Y mientras, me he puesto a intentar enviar un mail (muy desagradable) a mi ex, con quien ultimamente tengo ciertas tensiones.

El propietario despachaba con alegría a todo el mundo, y cuando le he pedido el café y la pulga (de jamón serrano con tomate rallado), al verme de nuevo meter la cabeza en la pantalla de mi móvil, me ha espetado: "¡no será de trabajo lo que estás haciendo!... ¡tómate un respiro, mujer!"... Y el caso es que, como me pasó con el chico de la copistería de mi barrio, no sé como hemos empezado a charlar. Y fue una conversación agradable, en la que me comentó que él, hasta hace unos meses, trabajaba y vivía en Madrid, como ejecutivo de una empresa de publicidad... que ganaba bien, y le gustaba su trabajo, especialmente por una cuenta importante que llevaba ultimamente. Pero que en la empresa quisieron cambiarle de cuenta y no le gustó nada el tema... así que, en lugar de aguantar, o cambiarse de empresa, decidió irse al pueblo a poner un bar. No para siempre, pero si por un tiempo.

Y me gustó. Me gustó mucho esa idea de poder, de repente, hacer una especie de paréntesis y cambiar de actividad radicalmente. Claro que hay que poder permitírselo, no solo económicamente, sino también en cuanto a tus compromisos personales, ya que este chico es soltero, se está comprando un piso en el centro de Madrid que sigue pagando sin problemas, y no tiene cargas familiares de ningún tipo.

Su conversación era muy alegre y divertida, además de inteligente; seguro que le dio vértigo en algún momento tomar esa decisión, pero ahí está el tío, viviendo su vida como quiere. El dice que en su mundillo siempre lo han tenido por un poco grillado, pero yo creo que lo que ha hecho, pudiendo hacerlo y sintiendo la necesidad de romper un tiempo con su rutina, es lo más sensato que he visto en mucho tiempo.

A vivir, que son dos días.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Hombres, hombres

Con lo que me gusta a mí escribir acerca de mujeres, y en especial, de mujeres valientes, se ve que me ha tocado la racha de tratar de personas del sexo opuesto... Es curioso, pero nosotras tenemos la idea común y vaga de que son muy sencillos en su comportamiento; incluso creo que ellos mismos creen el tópico de que las mujeres somos mucho más complejas que ellos, y que se mueven sólo por el pensamiento único. Pero fuera de los tópicos, la realidad es muy distinta, y en el día a día se pueden conocer hombres realmente muy interesantes, o cuyas reacciones en determinadas situaciones no responden a la imagen que inicialmente dan.

Esta semana estaba preparando un juicio muy duro para esta mañana, en el cual tenía que aportar una documentación inmensa, constituida entre otras cosas por doce paquetes de facturas, unas dos mil facturas aproximadamente. Al llevar la documentación a una copistería próxima a la oficina, tuve ocasión de charlar un rato con el chico que la atiende: un chico joven y muy guapito (unos 28 años) de indumentaria más bien pija, que parece ocupar parte de su tiempo de verano en algún trabajillo mientras estudia (tenía los apuntes encima del mostrador) para sacarse unas pelas de cara al invierno universitario... Nada aparentemente interesante, vamos.
La conversación se inició, precisamente, con referencia a sus estudios, ya que al decirme que él que tenía que recoger las copias ese mismo día porque al día siguiente tenía examen y no abriría, no pude evitar preguntarle que de qué se examinaba... y bla bla bla...
Resultó ser un chico muy agradable e inteligente, que me miraba a los ojos cuando me hablaba con una sonrisa muy franca... me enteré con la charla, que sus padres están divorciados desde que él y su hermano eran muy pequeños, que habia estado trabajando toda la carrera, porque su madre no tenia medios y, él prefirió alargar su carrera a recurrir al auxilio de su familia, bien acomodada y con la que se lleva bien (por cierto, todos abogados y miembros de la judicatura, ya es casualidad)... pero si se podía evitar, mejor. De hecho, estaba haciendo ese trabajo porque le acaban de despedir de su empresa y se ha quedado sin vacaciones de verano... Pero bueno, lamentarse no le iba a servir de nada, y el asunto no merecía un disgusto porque saldrá adelante... Aunque andaba pensando en independizarse, aunque (decía) ya llegará el momento, tampoco es grave... Me llevo muy bien con mi madre y con mi hermano... De todas formas, como no tiene ni hijos ni pareja... Acaba de terminar con la chica con la que estaba porque ella no parecía capaz de comunicar sus sentimientos; el cree que la comunicación es muy importante en la pareja y que merece la pena trabajar la exteriorización de los sentimientos aunque a todos nos cueste y nos de miedo exponer nuestras debilidades ... Hay que ver lo que son las apariencias... después de esa conversación, pasó a parecerme un chico muy consciente de sí mismo, de las relaciones interpersonales, del concepto de responsabilidad y compromiso... y encima, sin miedo a mostrar sus vulnerabilidades y, por tanto, con un buen nivel de autoaceptación y de seguridad en si mismo.
Es bueno encontrarse con personas así, porque a ese nivel de confiaza y aceptación no se llega por azar, sino que requiere, por ejemplo, localizar aquellos comportamientos que no nos están produciendo buenos resultados, examinar por qué los llevamos a cabo... si se trata de un miedo (como el de mostrar las vulnerabilidades), ver exactamente por qué tenemos ese miedo... siempre se debe a que tememos el rechazo, porque centramos nuestra autoestima en las reacciones de los demás hacia nosotros. Relativizar la importancia de las opniones de los demás sobre nosotros. Aceptar que tenemos ese miedo y no conformarse, sino buscar los medios para eliminarlo o, por lo menos, aminorar sus consecuencias sobre nuestra vida... Mostrar las vulnerabilidades es una muestra de fortaleza.
Es bueno encontrarse con personas que no se dejan llevar, sino que toman el control y construyen su vida. Y es sorprendente, al menos para mí, que eso lo narre en primera persona un hombre. Admirable, diría yo, un acto de verdadera valentía ante la vida...
¡Olé por los hombres así!

lunes, 21 de julio de 2008

Todos, a veces, hacemos tonterías

Es cierto. Todos y cada uno de nosotros tenemos, en nuestra memoria, algún recuerdo de algo que hicimos que, a toro pasado, nos parece una equivocación o, incluso, una tontería. En esas situaciones tenemos dos opciones: obcecarnos en seguir el camino que iniciamos, porque la decisión la tomamos en su día y hay que continuarla hasta el final. O asumir que fue un error y salir del camino, intentar reconducir nuestros pasos al punto al que estábamos o, si no es posible, apartarnos, por lo menos, del sendero equivocado y buscar uno nuevo.

Ni que decir tiene que soy siempre partidaria de lo segundo, por supuesto, pero aprendiendo a no colocarnos en la situación que nos llevó a adoptar aquella decisión equivocada. Si no se hace así, terminaremos de seguro en el mismo punto.

Esta generalidad que estoy diciendo es particularmente aplicable en mi trabajo cuando el pleito versa sobre relaciones personales, es decir, muy a menundo. Porque ya sea un divorcio o una discusión entre socios de una mercantil, son muchos los casos en los que la subjetividad del cliente impera y domina el problema, e impide que las personas sean capaces de ver más allá de los siguientes cinco minutos de su vida, ni más atrás de los últimos cinco minutos vividos. Así, se toman muchas decisiones que, con el paso del tiempo, es muy difícil sostener porque el propio cliente pasa a considerarlas "una tontería", descolgándose con frases del tipo... "no tenía que haberle dicho tal cosa", o quizá, "si en aquel momento hubiera esperado un poco a tranquilizarme..."

Lo que está claro es que si uno descubre que su mujer le engaña, o que su socio le roba, lo más probable es que la decisión sea romper esa relación. En estos casos, no se presenta ninguna dificultad, salvo determinar la forma de hacerlo para encontrar aquella que suponga el menor desgaste emocional de los implicados. Por ello, un abogado siempre intentará una solución negociada antes de ir a juicio. O incluso puede recomendar una negociación sin intervención de abogados inicialmente, ya que cuando las togas entran por medio todo el mundo se repliega a la trinchera y puede dar comienzo la guerra sin fase de negociación.

Pero a veces, las relaciones entre las personas no tienen un punto tan claro de inflexión, sino que el deterioro es más difuso y no se sabe bien a qué motivo imputarlo. Si un matrimonio se distancia, y ninguno de ellos es feliz, o si dos socios ya no trabajan con el mismo entusiasmo en el proyecto común que les unió, suele suceder que uno de ellos (normalmente quien se siente más fuerte para "rehacer" -qué poco me gusta ese término, pero esa es otra historia- su vida o su negocio) toma la decisión de romper la baraja.

Y suele pasar muchas veces que esa persona, en realidad, ha tomado la decision de resolver la situación, pero sólo se le ha ocurrido la vía de disolverla, no de buscar el origen del problema y tratarlo. Y es en este tipo de asuntos en los que me he encontrado, precisamente, con que la gente, tiempo pasado se descuelga con un... "ya no estoy seguro", "quizá no fue la decisión correcta, quizá tenía que haber buscado un camino". Muchas veces, incluso, las personas llegan a la reconciliación conyugal o societaria.

Desde el punto de vista profesional, en mi opinión es un fracaso no detectar bien cuál es la causa del problema y si el mismo es o no irreversible. De momento, porque te puede llevar a hacer un trabajo que luego resulte ser innecesario; pero además, porque si el perfil del cliente es de los que, a pesar de reconocer que se equivocó, insiste en sostenella y no emendalla, en realidad no consigues resolver un problema, sino ayudar a que el mismo crezca sin motivo.

Cuando ello sucede en el ámbito de una sociedad mercantil pequeña, de dos o tres socios (que muchas veces funcionan como los matrimonios, sobre todo con las pymes), la lástima es que se puede dar al traste con un medio de vida que venía siendo adecuado para los implicados. Y solo haría falta que estos tomen un poco de distancia para poder evaluar friamente la situación.

Pero cuando se trata de un matrimonio, se está jugando con sentimientos mucho más fuertes; quizá por ello el número de reconciliaciones conyugales es mayor que el de reconcialiaciones societarias. Si bien, siempre es necesario que pase un tiempo para que las personas puedan valorar bien la decisión tomada en su día, y desvestirla de todo el maremagnum emocional que una ruptura nos supone. En el caso de que haya hijos en el matrimonio podemos llegar a una decisión dramática para personas que no tienen el más mínimo poder de decisión, por lo que hay que ser especialmente cautelosos.
Por eso, siempre que entra una pareja a mi despacho para divorciarse, indago especialmente sobre la firmeza de su decisión. Y si hay hijos, intento siempre recomendar una mediación especializada por un profesional. Si detecto un perfil de los "yo-no-reviso-mis-decisiones", intento un acercamiento individual, para conocer mejor los motivos de la irreversibilidad de la decisión, que a veces son futiles, como puede ser un orgullo mal entendido o la inseguridad de no obtener una respuesta afín del otro lado. Y no es que intente yo reconciliar a las personas, que me libro mucho de meterme en las decisiones de nadie; únicamente les recuerdo de forma periodica hasta el momento de la sentencia, o incluso después, que en esta vida nada hay irreversible, salvo la muerte. Y que hay que hacer todo lo posible para ser lo más feliz que uno pueda
Extrapolando esta experiencia al terreno personal, por mi parte, intento revisar las decisiones que tomo... en realidad, intento no apresurarme a tomarlas... y una vez tomadas, las suelo revisar con el tiempo, ya más friamente, para determinar si fue acertada o no. Ello me permite ser firme en mis decisiones cuando, pasado el tiempo necesario, se confirman en esa revisión. Pero no se me caen los anillos por decir "me equivoqué, fue una tontería", si así lo pienso... y en este caso, hago todo lo que esté en mi mano para volver atrás...
Al fin y al cabo todos, a veces, hacemos tonterías ¿no?

lunes, 14 de julio de 2008

... Como un parque de atracciones

Desde luego, la vida es como un parque de atracciones. Si vas por la calle, o a una oficina, un bar o cualquier lugar concurrido, y observas un poco a tu alrededor, ves de todo.

Hoy tuve que ir a una comisaría con un cliente porque su esposa, de la que está legalmente separado, le ha denunciado por no pagar su parte de la hipoteca... hay que decir que esta señora ocupa la que fue vivienda familiar, con un compromiso mutuo de venderla cuanto antes para que mi cliente, que le pasa una pensión compensatoria que ya quisiera yo, pueda vivir en algún lugar que no sea de prestado... pero como al pacto no se le puso fecha límite ¡ah, se siente! Ahora, que ya no tiene quien le preste un sitio para vivir no puede hacer frente a todos los gastos, y la esposa, en lugar de pagar la hipoteca con el dinero común que aún hay en las cuentas (y que mi cliente no puede tocar so pena de ser denunciado por ello también), opta por... llevarlo a comisaría. Eso es lo que yo llamo machacar al personal.

Cuando he vuelto de la comisaría, he pasado por una cervecería cercana a tomarme un café y comprar unos bocatas para las compis de la oficina... Eran ya las tres de la tarde y el sol caía a plano. Ha entrado un señor mayor (bien vestido, pelo canoso y buena apariencia) y, con el mismo ademán urgente con el que uno pregunta "¿dónde está el aseo, por favor?", ha pedido un vino blanco frío. En el tiempo que yo apuraba el café y pagaba los bocatas, se lo ha jalado enteretico y ha salido delante mía. Entonces he visto que iba hacia su coche, que tenía allí aparcado, y del que se habia apeado a tal velocidad que se había dejado una ventanilla trasera totalmente abierta... Y he pensado: ¡vivan los controles de alcoholemia!... pena que no los pongan un lunes a las tres de la tarde...

Y al entrar al portal de la oficina me he dado casi de bruces con una niña, nieta de unos vecinos del edificio, que debe tener unos seis años. Sin cortarse ni un segundo me ha espetado: "Y tú ¿a qué número de piso vas?"... Yo le he respondido... "al primero". "Jo, qué morrazo", me responde "sólo tienes que subir una escalera"... "¿y tú, a qué piso vas?", le pregunto. "Yo, al seis", me dice... "¡Jo, qué morrazo! Tan alto como los pájaros", le digo... Y se quedó pensando... ¿qué será mejor, subir pocas escaleras o vivir tan alto como los pájaros". Habiendo ascensor en el edificio, yo lo tengo claro.

Está claro que la vida es como un parque de atracciones: te puedes subir a la casa del terror, a la montaña rusa o al tio vivo.

lunes, 7 de julio de 2008

Dos lustros de sanfermines

Nunca he ido a los sanfermines, y todos los años me digo a mí misma que un año iré. Soy fiel seguidora de los encierros y los veo en directo por televisión todos los días, salvo imposibilidad mayor. Los he visto cada año desde hace ya mucho tiempo y, este año, como siempre, ando ya pendiente de asegurarme que mañana lo puedo ver.

Hoy, viendo la televisión, una cadena daba la noticia del chupinazo de las fiestas destacando que sólo se habían suspendido en tres ocasiones: durante la Guerra Civil, en 1978 debido a altercados políticos, y el día 13 de julio de 1997 como señal de luto por la muerte de Miguel Ángel Blanco, que se había producido esa misma mañana.

Ese comentario me ha hecho recordar las circunstancias del asesinato de Miguel Angel Blanco, cuyo impacto en mí creo que no ha sido igualado por ninguna otra noticia. Y ello me ha llevado a pensar en todas las cosas que he vivido desde entonces y que Miguel Ángel, que sólo era un año menor que yo, se ha perdido. Y es que en once años una vida da para mucho:

En 1997, febrero, mi relación con S. (mi novio de toda la vida) terminó en la forma que ya he relatado en otro post, y por eso, en las fechas del secuestro de Miguel Angel, yo estaba ocupada recuperándome emocional y económicamente (aquella ruptura me llevó a la quiebra, pero eso es otra historia), y tuve que recurrir al apoyo incondicional de mi madre. Aquel año, marcó un antes y un después en mi vida.

Aquel año viajé al País Vasco por primera vez y descubrí, gracias a un amigo, que el sexo sin amor sí es posible y que también lo es la amistad con sexo, siempre que también haya seso suficiente en los interesados. También descubrí que todas las personas, incluso yo, que hasta entonces me había considerado muy arisca en las relaciones personales, necesitamos del contacto físico con otras para sentirnos bien.

Ese año conocí a F. que fue todo un descubrimiento para mí porque sufrí un auténtico flechazo, siendo absolutamente incapaz de controlar mis reacciones cuando él estaba cerca. Un auténtico subidón de felicidad, lo aseguro. Era cariñoso, atento, divertido, espontáneo… Me encantaba. Estuve con él siete años, si bien a lo largo de la relación descubrí que lo que me gustaba de él era lo que también generaba problemas, porque con el paso del tiempo, se demostró egocéntrico, infantil, desconsiderado, agresivo… Tuvimos una relación que yo calificaría de enfermiza por mi parte, con muchos altos y bajos, y con un hijo (mi niño) hasta que decidí que mi supervivencia personal requería terminar con aquello. Y creo que fue un acierto también para él, porque ahora está mucho más centrado y es capaz de llevar una vida más o menos normal.

Durante esos años, cambié de trabajo, pasando de ser una abogada individual por cuenta propia, a colaborar con un despacho bien establecido, en el que me sentía muy apreciada, pero en el que me dieron mucha caña para aprender. Trabajé muy duro y aprendí muchísimo sobre este oficio.
En este tiempo, nació mi hijo, del que ya he hablado en otro post. No creo que sea necesario extenderse sobre esto, porque todo el mundo puede comprender lo importante que es para cualquier mujer la maternidad, y el cambio que mi vida dio a partir de su nacimiento, máxime con las condiciones en que se produjo.

Al terminar con F. me vine a Madrid, a casa de mis padres, porque no tenía ni fuerzas ni dinero para seguir adelante sin ayuda. Y empecé en un despacho con muchos abogados, en el que estuve un año; y aunque estaba muy a gusto y había buen ambiente, decidí independizarme porque quería recuperar el control de mi futuro profesional, como siempre lo había tenido, así que me asocié con el actual despacho en el que trabajo.

Pasé dos años absolutamente dedicada a mi trabajo y a mi hijo, sin apenas salir, hasta que me sentí ya en condiciones de volver a divertirme y conocer gente nueva. Y así sucedió… Y he estado saliendo y entrando, trabajando y cuidando de mi hijo, disfrutando de una relación magnífica e, incluso, he viajado a China… Cuántas cosas en una década… llevo tres rupturas, voy camino de tres mudanzas, cuatro trabajos, un hijo...

Y, a punto de empezar los encierros de Pamplona, espero poder escribir dentro de diez años otro post similar a este, haciendo recuento de las cosas buenas y malas que pueden pasar en dos lustros de la vida de una persona común, y recordando que hay personas, como Miguel Angel, que no han tenido la misma suerte que yo para que no se me olvide que los momentos, por muy malos que sean, son parte de la vida que no queremos perder.

A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón,
nos guíe en este encierro, dándonos su bendición.

miércoles, 2 de julio de 2008

Postal del llanto

Cuando voy por la calle a hacer gestiones, o estoy en un aeropuerto o estación o simplemente en una terraza tomando una cerveza, me gusta mirar a la gente que pasa y suelo hacer suposiciones sobre quiénes son, de donde vienen, a dónde van y cómo serán sus vidas. La mayoría de la gente no comunica nada especial, sobre todo en una ciudad grande un día de trabajo, pero a veces te cruzas con personas que, por su apariencia o su comportamiento, denotan una historia vital detrás. Y muchas veces me quedo intrigada porque me faltan datos para saber cuál es su momento vital, hasta el punto de que muchas veces me dan ganas de preguntar directamente, pero evidentemente no lo hago porque me parece de una curiosidad extrema e, incluso, una falta de respeto.
Cuando me topo con una persona que está llorando, sin embargo, me puede más la preocupación por lo que le pueda estar sucediendo que esa curiosidad, y la mayoría de las veces no evito preguntar o acercarme a ver qué puedo hacer. Tengo que reconocer que ver a una persona llorar me desarma completamente, incluso si es una total desconocida para mí (no te digo ya mis allegados) y si son varones, aún peor...
Esta mañana he reparado en una chica, bien vestida, que estaba intentando legalizar un documento en el Tribunal Superior de Justicia, como yo. Cuando la ví, me preguntaba de qué trámite estaba pendiente, y me fijé que llevaba un certificado médico en la mano. A mí me remitieron directamente al Ministerio de Justicia por el tipo de documento que llevaba´, y cuando me giré para salir, ella, me dijo... "allí nos veremos, porque yo también tengo que ir". Era una charla surgida de esa especie de vínculo que une a las personas que han de guardar la misma fila. Y le contesté... "sí, nos veremos". Al llegar yo al Ministerio, la vi salir con prisas; llevaba las gafas de sol y la saludé cuando estuvo próxima a mí. No me respondió el saludo, y me di cuenta de que iba mirando al suelo y que llevaba en la cara el rastro de una lágrima. Se me encogió el corazón: algo grave tenía que haberle pasado, porque hacía media hora se la veía muy contenta, así que me volví hacia ella y... lo hice, le pregunté.... "¿te pasa algo? ¿estás bien? ¿puedo ayudarte?"... se detuvo, me miró, y llorando sólo me dijo... "ahora me dicen que hasta mañana no estará listo". No dijo más, tomo su pena y su camino y se marchó. Y yo me he quedado toda la mañana sintiendome mal.
Y salió uno de mis recuerdos del cajón: una vez, volviendo de un viaje con unos amigos en un coche, llegamos a un accidente que se acababa de producir en la carretera nacional. Había un camión enorme parado en el margen derecho, pero en sentido contrario al de su marcha, y en el margen izquierdo una furgoneta mixta también en el sentido contrario de su marcha. Dentro de la furgoneta había dos hombres, uno de ellos fallecido y otro, el conductor, agonizando. Ni siquiera habían llegado los bomberos.
Era un escenario dantesco, cuyo culpable, según un testigo presencial al que me acercó, había sido el conductor de la furgoneta al saltarse un stop, sin que el camionero pudiera hacer nada para esquivarlo. Los chicos de mi coche se lanzaron al otro lado de la carretera a ver si podían ayudar al conductor de la furgoneta que resultó estar atrapado con el motor, e intentaron hacer palanca en la puerta y todo tipo de maniobras Pero no pudieron hacer nada y el conductor tuvo que ser excarcelado por los bomberos al tiempo que el pobre expiraba.
Sin embargo, yo había visto al camionero y no podía apartar mi vista de él: era un tipo grande, y no había tenido la culpa del accidente... sin embargo allí estaba, arrodillado junto a su camión, con las manos tapándose la cara y llorando como un niño pequeño, balbuceando palabras entre mocos y lágrimas. Me acerqué a él, pero no supe qué decirle; me pareció que nada de lo que yo le dijese podría aliviar la desesperación y congoja que sufría, así que me limité a ponerle la mano en el hombro y estar junto a él el rato que permanecimos allí.
No recuerdo su cara, ni cómo iba vestido, ni nigún detalle excepto que era un hombre grande. Pero la imagen, y la sensación de desamparo total que yo sentía al verle llorar así, no se me olvida. Es una de las postales más importantes de mi colección de recuerdos y me viene a la mente cuando veo a una persona desconocida llorar, sobre todo si es un hombre.

martes, 17 de junio de 2008

Los vicios justificativos

A veces, las personas tenemos que autoconvencernos de alguna milonga para poder sobrellevar nuestra vida, llena de trampas y dificultades... Cada uno gestiona sus cuitas como buenamente puede, y casi nunca se puede juzgar la forma en la que otras personas consiguen sobrellevar sus problemas. Digo casi nunca, porque la frase de "la vida es muy dura" no puede amparar nunca comportamientos que supongan daños a otras personas, y para eso actúa cuando es necesario, el Derecho Penal.

Pero fuera de esos supuestos extremos, la increible variedad de soluciones que se adoptan es increible. Muchas veces, esa solución pasa por buscar, para los acontecimientos que nos preocpan o no comprendemos, explicaciones de lo más pergrinas o extrafalarias que nos permitan convivir con la realidad que nos ha tocado vivir. A veces, son creadas por nosotros mismos, y otras veces nos vienen dadas por algún profesional.

Yo, por ejemplo, tengo una acusada tendencia a buscar una explicación al comportamiento ajeno que me permita mantener un buen concepto de esa persona en cuestión; supongo que se debe a que quiero mantener la fe en el género humano, a falta de creencias religiosas, y por ello es rara la ocuasión en que yo catalogo a una persona como "mala". Otras veces, tiendo a buscar una explicación alternativa a la que me dan, sencillamente, porque la que me dan duele y quiero sobrevivir... Y cuando son circunstancias que no dependen de nadie, sino del simple infortunio, intento pensar en que, como decía el poeta, "todo pasa y nada queda".
Recientemente he conocido una historia de un familiar, cuyo hijo, ya adulto, presenta una conducta conflictiva, extraña y difícilmente soportable por su familia; la explicación la ha encontrado a través de una especie de "investigación astral" a través de un "profesional", llegando a la conclusión de que su hijo es así porque los hermanos no nacidos de su padre le atormentan... Y se queda tan ancha ella con su explicación porque, además, tiene (según dice) el beneplácito de su sobrina, que viene siendo otra "paciente" del susodicho profesional, y de cuya palabra nadie duda porque es una brillante neuróloga. Se trata de una familia aficionada a meigas y espíritus.
Está claro que las explicaciones peregrinas para nuestros males no son directamente proporcionales a nuestra formación cultural o científica, sino que debe estar más relacionado con lo que hemos aprendido desde niños en casa, lo que se respira en nuestro ambiente.
Miro así a mi alrededor, y me doy cuenta de que mi madre siempre tiene una explicación para la forma de comportarse de todo el mundo: a ese lo que le pasa es que tiene miedo a madurar, a aquel otro, que le falta la referencia paterna en su infancia, al de más allá... ha padecido sobreprotección de niño...
Concluyo, por tanto, que el psicoanálisis ajeno es nuestro vicio justificativo familiar, claramente... y por eso yo siempre busco explicaciones al comportamiento de las personas que me rodean de esa manera...



Y escribiendo esto veo que... ¡lo he vuelto a hacer!... esta vez conmigo misma, si. ¿Será posible que una persona altere voluntariamente sus vicios justificativos?

jueves, 12 de junio de 2008

El vértigo de la vida.

Hoy he estado reflexionando, entre escrito y escrito, en el miedo que tenemos las personas a abordar nuevas etapas en nuestra vida.
Ando dándole vueltas los últimos días y cavilando sobre ello, me he dado cuenta de que yo andaba un poco "dormida en los laureles", porque llevo varios años en una situación muy cómoda, y especialmente el último año: hace cuatro años, me separé y me trasladé de ciudad, llevándome a mi hijo conmigo a vivir a casa de mis padres. Ni que decir tiene que me ha venido de perlas, sobre todo al principio, porque lo que necesitaba yo en esa ruptura era un poco de tranquilidad y seguridad. Si a eso se añade el soporte logístico que aporta una madre de las de antes... miel sobre hojuelas. Pero además, si tenemos en cuenta que durante los últimos catorce meses he disfrutado de una relación con un hombre muy estimulante que, además, no me suponía renunciar ni a mi comodidad del hogar familiar, ni a mi tiempo con mi hijo, ni a mi trabajo...


Sin embargo, hoy me he puesto a reflexionar en mis miedos y en mi situación, en por qué la estoy dilatando.


Hasta ahora, tenía motivos para permanecer en casa de mis padres: mi hijo era muy pequeño, mi trabajo muy acaparador y yo saliente de una ruptura que me ha tenido en "orsay" casi dos años. Sin embargo, pensé ¿realmente ahora son obstáculos invencibles o es que estás muy cómoda? Ahora mismo, la verdad es que mi hijo ya tiene seis años y no es un bebé, cuento con mi madre para seguir echándome una mano con él, y yo estoy francamente recuperada de mi ruptura hace ya mucho tiempo.


¿Qué sucede entonces? Vértigo. Eso es lo que pasa. Me he sentido, de repente, como me sentí la primera vez que me "emancipé". Me he dado cuenta de que lo que me pasa es que me da miedo de nuevo asumir toda la responsabilidad que supone llevar una casa. Y me he dado cuenta, también, de que tengo un compromiso con mi hijo que no puedo postergar: necesita su casa. No es que esté mal con la abuela, es que si le pides que te dibuje a su familia, pinta a dos madres. Ya está bien de hacer de vice-madre (mi madre es la jefa, claro) cuando no hay, realmente, necesidad de ello. Las situaciones transitorias no se pueden mantener eternamente; eso también lo he aprendido recientemente.


Agradezco infinito a mis padres el cable que me han echado. Ellos lo saben. No podría haber sobrevivido sin su apoyo. Pero, como decía una amiga "una mujer tiene que hacer lo que una mujer tiene que hacer". Y yo tengo que buscar un piso y construir un hogar para mí y mi hijo, porque él y yo somos una familia.


Cierto es que llevo desde comienzos de año preparando este momento, porque parte del mismo lo he centrado en conseguir elevar mi nivel de ingresos para poder tomar esta decisión con un poco de más tranquilidad, de forma que, aunque me tenga que recortar el presupuesto de ocio, sea algo llevadero. Pero me había inventado ya no sé qué excusa (tan absurda seguro, que ni la recuerdo) para retrasar la decisión hasta fin de año. Ha sido la reflexión sobre el miedo ajeno a la vida lo que me ha hecho ver mi propio bloqueo.


Así que, llegada a este punto y con esa determinación en mente, justo después de hablar con un amigo y antes de irme de la oficina, sin pensarlo dos veces para que no se me pasara el ataque de valentía, he llamado a un amigo que tiene una agencia inmobiliaria para que me busque un piso majo; esta era la llamada que iniciaba el camino sin retorno, porque sabía que este amigo, que me quiere mucho, está esperando mi llamada desde hace tiempo. Y sabía que me diría lo que me dijo: "Tengo tu piso ideal, se queda libre a mediados de julio: dos dormitorios, con un amueblado precioso, dentro de tu presupuesto y, sobre todo, muy cerca de tu madre ;-)"


Qué vértigo y qué bien me siento. El miedo es prudente, en tanto que nos ayuda a meditar nuestros próximos pasos, pero no puede paralizarte en la vida porque, lo que es inevitable, es que la vida pasa y no por quedarnos quietos el tiempo se detiene.

Es el vértigo de la vida, como una montaña rusa ¿nos vamos a quedar siempre en el tramo recto del camino que vemos? Nada puede haber tan terrible al otro lado de la curva, solo otra recta.


lunes, 9 de junio de 2008

Hay vida después de China (I)


Acabo de volver de China, donde he pasado 18 días de vacaciones. Aunque todo ha sido muy chocante y estoy un poco desorientada, creo que empiezo a tener perspectiva sobre los últimos acontecimientos de mi vida, y empiezo a sacar unas primeras conclusiones sobre todo lo que mi periplo chino ha significado, que no es poco.

Y no me refiero sólo a lo que es aquel pais, al que creo que no se le puede llamar así, puesto que en realidad es otro mundo, sino a mis circunstancias personales y efectos que el viaje ha tenido en mi vida, que son muchos y variados, y que creo que me permiten aprender un poco más quién soy yo y saber mejor qué es lo que quiero.

Es un viaje muy recomendable, sobre todo si se hace auto-organizado e intentando mezclarse un poco, dentro de lo prudente, claro; así he tenido la suerte de hacerlo yo, gracias a dos amigos que se lo trabajaron de forma minuciosa. No llevábamos guía y negociábamos directamente las compras de los billetes, alojamientos, y excursiones, pero a pesar de ello, sabíamos en cada momento donde estábamos, hasta cuánto debíamos pagar, y cuál era nuestra siguiente estación.

No puedo decir que China sea un lugar bonito o feo... de entrada porque es muy grande y mi viaje fue muy limitado: Pekin, Lou Yang, Xi'an, Chongqing, Shangai. Me veo incapaz de emitir una valoración estética sobre un sistema tan diferente porque sería siempre superficial y banal: todo es distinto y extraño allí, desde los cimientos más básicos de su estructura de pensamiento, y se observa un orden de prioridades que nos resulta ajeno e incomprensible, al menos para mi.

Comer, por ejemplo, no es en sí mismo un hecho importante en su vida diaria, salvo por lo que tiene de sustento al cuerpo, pero se les puede ver comer en cualquier rinconcillo, de pie, sentados o en cuclillas...

No digo que no utilicen la comida para celebrar, sino que de forma cotidiana no celebran la comida. Llegamos a ver a dos chinos comiendo un cuenco de fideos en un telesilla...

De la misma forma, no tienen ninguna atención sobre el aspecto externo de sus posesiones materiales individuales: su coche, sus casas, sus bicicletas... se ven sucias y descuidadas. Sin embargo, los espacios comunes de la calle estan normalmente muy cuidados, son muy utilizados y están atendidos... Tienen una gran aficion por las plantas, los jardines y las piedras con formas caprichosas, a las que colocan en lugares preferentes como si fueran esculturas.

Tampco su relación con el trabajo es como la occidental, ya que ellos parecen no distinguir entre su vida personal y familiar y el trabajo: aunque no llegué a saber si viven donde trabajan o trabajan donde viven, lo que si me di cuenta es de viven trabajando, y son lo que trabajan. No sé si con esto de la globalización llegará el final de ese concepto, o si por el contrario, dada la riqueza y tamaño de ese pais, terminarán dominando el mundo... desde luego, si la conquista se hiciera trabajando, la victoria sería suya.

Las mujeres chinas, por lo menos las de ciudad, son muy femeninas. Se cuidan mucho de que el sol no oscurezca su piel y llevan sombrillas; les gusta llevar bordados, lazos y piezas brillantes en ropa y accesorios. Su combinación de colores no se parece a la que impera aquí, al menos en mi entorno, y pueden calzarse unos preciosos zapatos de charol azul rabioso con un vestido de color verde botella sin ningún elemento que coordine ambos. Lo más llamativo de todo es la atención que prestan a sus pies, ya que de una forma u otra es inevitable dirigir tu mirada a ellos: tacones imposibles, lazos y pedrería, materiales transparentes y dorados. Por otra parte, sus gestos suelen ser de apariencia delicada y tímida, tanto que da una sensación de sumisión un poco escalofriante. Sin embargo, he tenido la oportunidad de ver a alguna un pelín enfadada y no se reprimen nada.

(Auténticos pies de china)


Todo es tan distinto, y sin embargo, su vida es tan igual a la nuestra... Yo me tengo por ser una persona muy adaptativa, pero aún no cierro mi boca de asombro al comprobar como ciertos elementos que integran de forma incuestionable mi forma de vida, en realidad no lo son.

Este viaje no solo me ha aportado lo que se deriva de visitar jardines, palacios y templos, sino que me ha permitido hacer una pequeña introspección de mi forma de vida y encontrarme con una estructura que, por haberme sido obvia hasta ahora, conocía. Supongo que para un antropólogo todo esto es una perogrullada, claro, pero a mí me ha hecho sentirme extranjera de verdad por primera vez en mi vida: cuando nuestro avión llegó a Frankfurt ya me sentía como en casa, y eso que nunca he visitado Alemania.

Claramente, soy occidental, y ahora sé qué es lo que significa esa palabra.