domingo, 13 de julio de 2008

Luna llena

Dice la Wikipedia que "el plenilunio o luna llena es una fase lunar que sucede cuando nuestro planeta se encuentra situado exactamente entre el Sol y la Luna. En este momento el ángulo de elongación o de fase de nuestro satélite es de 0º y la iluminación es del 100.00. El hemisferio visible de la Luna alcanza su mayor iluminación, no siendo posible distinguir con detalle los accidentes de su superficie debido a la ausencia de sombras, aunque es el momento ideal para la observación de los rayos de algún cráter radiado. Esta fase sucede a los 14 días aproximadamente del novilunio. En este momento la Luna alcanza una magnitud aparente de -12,55."

Según parece, cada luna llena recibe un nombre según el mes en que se produce, y que varía en cada cultura. En España, la luna llena de julio se llama "luna del heno", por ser el mes de julio el apropiado para secar el heno; los nativos americanos la llamaban "luna del ciervo", por ser la época de aparición de su nuevas cornamentas, y "luna de los truenos" por ser un mes propicio para las tormentas eléctricas.

A pesar de toda la mitología, leyendas y rituales que existen siempre en relación con la luna llena, la de julio no es especialmente prodiga en ellos. Buscando por internet he encontrado referencias a ceremonias de brujería y esotéricas, o a reuniones de grupos de filosofías orientales y excursiones de aficionados a la astrología, que en este mes, dadas las temperaturas veraniegas y que será viernes, convocan a un buen número de personas.


Sí he encontrado las referencias habituales a todos los plenilunios: posts sobre licantropía, consultas en los foros femeninos sobre la realidad de su incidencia en los partos. Y convocatorias de los aficionados a la astronomía para la observación, si bien éstos en menor grado, porque parece ser que la visibilidad de las peculiaridades lunares no es buena con la luna llena, porque la incidencia de la luz es demasiado perpendicular a su superficie y el relieve se aprecia bastante menos; por ello, parece que prefieren el final del mes de julio en que se producirá un perigeo de la luna.


Y, sobre todo, he encontrado muchísimas referencias a la influencia que la luna tiene en los cambios de estado de ánimo de la luna. Y tengo que reconocer (por eso he estado realizando esa pequeña búsqueda en internet), que aunque yo no soy creyente e intento ser poco supersticiosa, una de mis creencias que catalogo como irracionales tiene que ver con ello, precisamente.


Creo que ello se debe a la necesidad de todo ser humano de buscar explicaciones a su comportamiento, lo cual me ha llevado en muchas ocasiones en las que mi estado de ánimo no ha sido normal, a fijarme, entre otros datos, en cuál era la fase lunar. He llegado a la conclusión, que yo misma reconozco irracionale, de que cuando estoy triste o apagada sin motivo aparente suele haber luna nueva. Y que cuando estoy contenta sin razón o con la líbido por las nubes, miro al cielo y hay luna llena.


Sé que es absurdo. Posiblemente, si me hubiera dado por fijarme en el vuelo de las aves o en el color del cielo llegaría a otras conclusiones: quizá si la golondrina vuela en círculos es señal de que voy a estar triste, o si el cielo es azul significa que estaré alegre. Y aunque es cierto que los días nublados es más fácil que me duela la cabeza, y que los días soleados esté alegre, sé que ello tiene una explicación científica de la que carece mi creencia en las fases lunares.


Pero a estas alturas, poco me importa ya que sea una creencia supersticiosa la mía. Decidí asumirla, como otras que tengo (lo de que se derrame la sal en la mesa me pone muy nerviosa, por ejemplo) y he preferido dejar de andar siempre buscando por ahí un calendario lunar para comprobar si un dia determinado, en el que he tenido una reacción poco corriente en mí, ha sido luna llena, luna nueva o cuarto creciente o menguante. Por ello, me he puesto en el blog el estado de la luna, así cada vez que entro sé como anda el satélite de un solo vistazo.


Quedan ya pocos días para la próxima luna llena, a ver qué es lo que pasa esta vez.

martes, 8 de julio de 2008

El poder de la maledicencia

Hoy, hablando con mi madre acerca de un matrimonio que viene siendo amigo de la familia desde que yo recuerdo, hemos comentado acerca de la vida tan infeliz que llevan: tienen dinero suficiente para cubrir sus necesidades, cinco hijos sanos y bien posicionados, y salud para disfrutar de todo ello. Sin embargo, sus relaciones familiares están emponzoñadas desde siempre, y la pareja totalmente rota. Hubo un día en que esas dos personas se conocieron, se gustaron y decidieron casarse. Pero la maledicencia sembró la semilla de la desdicha.

Él provenía de una familia sin necesidades, y era hijo único, pero su padre estaba marcado por el régimen anterior; nunca supimos a ciencia cierta el motivo, porque era un hecho que se ocultaba o, por lo menos, no se hablaba abiertamente. Su madre fue, para compensar, una mujer muy emprendedora y trabajadora que sacó adelante a la familia, consiguiendo amasar un dinerito y criar a su hijo muy bien acostumbrado.

La familia de ella era, sin embargo, de origen muy humilde. Su madre fue también su fuerza motriz, pero su origen humilde, el hecho de que no llegara nunca a casarse con el padre de sus hijas, que éste desapareciera (dicen que murió, pero no es una información fiable) tras la guerra, y de que ella no fuera, como su consuegra, una avispada comerciante, hizo que la familia no prosperase tanto.

Ella era una chica muy guapa, con mucho éxito con los chicos, y que trabajaba como administrativa. Tenía varios pretendientes cuando conoció al que luego fue su marido, y en particular hubo uno del que ella siempre habla, que la rondaba seriamente.

Él era un tipo apuesto, bien parecido y, sobre todo, bien colocado socialmente; muchas lo buscaban como marido en una época en la que casarse resolvía el futuro de una mujer. Ella deseaba mejorar de posición, él quería una muñequita linda como la del bolero.

Y se hicieron novios. Corrían los años sesenta y su relación evolucionó hasta la proposición de matrimonio. Se organizó toda la boda para celebrarse en la ciudad de la novia, como manda la tradición. La familia de él se trasladó allí unos días antes para asistir a la ceremonia y al convite, todo ello muy bien preparado como correspondía al nivel de la familia de él, que no reparó en gastos para suplir la carencia económica de la familia de la novia.

Todo apuntaba bien... Pero dos días antes de la boda, un conocido del novio se acercó a éste y le puso en antecedentes acerca de la catadura moral de la madre de la novia. No es que lo supiera a ciencia cierta, pero era lo que se comentaba por la zona: al parecer, no es que el padre de la novia desapareciera tras la guerra, es que nunca fue conocido ni siquiera por su futura suegra.

Esta información fue recogida por el novio, que no dijo ni una palabra a nadie. Pasó por encima de todo ello y siguió adelante con el enlace. Es posible que no le importara, que amara a su novia por encima de todo. Es posible que pensara que, al fin y al cabo, su familia también tenía cosillas que esconder... O es posible que no se viera capaz, a dos días de la boda, de poner de manifiesto semejante barbaridad como motivo de una ruptura, porque ello equivaldría a decir que había estado siendo novio de una chica licenciosa... de tal palo tal astilla, vamos.

El enlace siguió adelante, pero nunca el matrimonio estuvo bien avenido. Ella no se sentía querida, él intentó por todos los medios aislar a su mujer de su familia; quizá algún día hablaron explícitamente de todo ello, y ella asumió que su marido tenía razón. No porque su madre fuera de moral dudosa, que ella sostiene que nunca fue así, sino porque la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino parecerlo. Lo que sí es seguro es que ella permitió ese distanciamiento, quizá por conservar esa posición social recién adquirida y una vida mucho más cómoda, alejada del trabajo en una oficina y dedicada al cuidado de la casa y los hijos, como tenía que ser.

Después de casi cincuenta años de matrimonio, él vive en una casa y ella en otra. Ella le acusa de haberle arruinado la vida, de haberla humillado, ninguneado, ignorado y torturado psicológicamente. Y se acuerda de aquel pretendiente, entonces un chico de oficio simplemente, que ahora es un constructor adinerado; se pregunta si a su edad sería posible enamorarse de nuevo, si cabe para ella un nuevo comienzo.

Los hijos se han educado en el desprecio recíproco que sus padres se demostraron continuamente, no con palabras, con hechos. Piensan que su madre es una histérica, creen que su padre es un tirano. Pero un tirano con dinero, así que al final, se conchaban con éste para impedir que su madre se divorcie, chantajeándola emocionalmente, incluso amenazándola con un "si pides el divorcio, conmigo no cuentes para nada".

Ella, para intentar exorcisar sus demonios, ha empezado a contar toda la verdad de su matrimonio, que en mi familia sospechábamos hace mucho tiempo a pesar de los intentos vanos de ambos de aparentar lo que no eran: una pareja feliz y adecuada a las normas sociales. De vez en cuando tiene sus bajones, y le cuenta su desgracia a mi madre. Otras veces, viene a mí para que le prepare el divorcio. A mi madre le explica lo mal que la ha tratado siempre su marido, aunque ella siempre fue muy sufrida por aquello del qué dirán. A mí, como me ve sola con un hijo y, según ella, guapa y joven (siempre se agradece), me habla de su pretendiente y de lo mucho que ella lo quería, y de cómo se dejó deslumbrar por su marido, y de su médico que la mira mucho...

Pero últimamente parece que la cosa pasa a mayores, porque ha llegado al núcleo de la cuestión y origen de todos sus males: su marido jamás perdonó aquella información que recibió casi en el altar. Casi medio siglo después, todavía se escucha el eco de aquella voz venenosa que pronunció una sentencia fatal, y que debió ser algo así como... "no quisiera yo ser la causa de un problema, bien sabe Dios, a tan pocas horas de tu boda, pero creo que debes saberlo y es mi obligación como amigo tuyo el decírtelo aunque me pese: se dice que la madre de tu novia no es trigo limpio, y que no conoce al padre de tu novia, ni al padre de tu futura cuñada..."

¿Qué habría sido de la vida de estas personas sin ese "favor" de ultima hora? ¿qué ventajas obtuvo el autor de tamaña barbaridad, a parte de sentir el placer morboso de ser portador de malas noticias?

Es el poder de la maledicencia. Ojalá siempre podamos escapar de ella.

lunes, 7 de julio de 2008

Dos lustros de sanfermines

Nunca he ido a los sanfermines, y todos los años me digo a mí misma que un año iré. Soy fiel seguidora de los encierros y los veo en directo por televisión todos los días, salvo imposibilidad mayor. Los he visto cada año desde hace ya mucho tiempo y, este año, como siempre, ando ya pendiente de asegurarme que mañana lo puedo ver.

Hoy, viendo la televisión, una cadena daba la noticia del chupinazo de las fiestas destacando que sólo se habían suspendido en tres ocasiones: durante la Guerra Civil, en 1978 debido a altercados políticos, y el día 13 de julio de 1997 como señal de luto por la muerte de Miguel Ángel Blanco, que se había producido esa misma mañana.

Ese comentario me ha hecho recordar las circunstancias del asesinato de Miguel Angel Blanco, cuyo impacto en mí creo que no ha sido igualado por ninguna otra noticia. Y ello me ha llevado a pensar en todas las cosas que he vivido desde entonces y que Miguel Ángel, que sólo era un año menor que yo, se ha perdido. Y es que en once años una vida da para mucho:

En 1997, febrero, mi relación con S. (mi novio de toda la vida) terminó en la forma que ya he relatado en otro post, y por eso, en las fechas del secuestro de Miguel Angel, yo estaba ocupada recuperándome emocional y económicamente (aquella ruptura me llevó a la quiebra, pero eso es otra historia), y tuve que recurrir al apoyo incondicional de mi madre. Aquel año, marcó un antes y un después en mi vida.

Aquel año viajé al País Vasco por primera vez y descubrí, gracias a un amigo, que el sexo sin amor sí es posible y que también lo es la amistad con sexo, siempre que también haya seso suficiente en los interesados. También descubrí que todas las personas, incluso yo, que hasta entonces me había considerado muy arisca en las relaciones personales, necesitamos del contacto físico con otras para sentirnos bien.

Ese año conocí a F. que fue todo un descubrimiento para mí porque sufrí un auténtico flechazo, siendo absolutamente incapaz de controlar mis reacciones cuando él estaba cerca. Un auténtico subidón de felicidad, lo aseguro. Era cariñoso, atento, divertido, espontáneo… Me encantaba. Estuve con él siete años, si bien a lo largo de la relación descubrí que lo que me gustaba de él era lo que también generaba problemas, porque con el paso del tiempo, se demostró egocéntrico, infantil, desconsiderado, agresivo… Tuvimos una relación que yo calificaría de enfermiza por mi parte, con muchos altos y bajos, y con un hijo (mi niño) hasta que decidí que mi supervivencia personal requería terminar con aquello. Y creo que fue un acierto también para él, porque ahora está mucho más centrado y es capaz de llevar una vida más o menos normal.

Durante esos años, cambié de trabajo, pasando de ser una abogada individual por cuenta propia, a colaborar con un despacho bien establecido, en el que me sentía muy apreciada, pero en el que me dieron mucha caña para aprender. Trabajé muy duro y aprendí muchísimo sobre este oficio.
En este tiempo, nació mi hijo, del que ya he hablado en otro post. No creo que sea necesario extenderse sobre esto, porque todo el mundo puede comprender lo importante que es para cualquier mujer la maternidad, y el cambio que mi vida dio a partir de su nacimiento, máxime con las condiciones en que se produjo.

Al terminar con F. me vine a Madrid, a casa de mis padres, porque no tenía ni fuerzas ni dinero para seguir adelante sin ayuda. Y empecé en un despacho con muchos abogados, en el que estuve un año; y aunque estaba muy a gusto y había buen ambiente, decidí independizarme porque quería recuperar el control de mi futuro profesional, como siempre lo había tenido, así que me asocié con el actual despacho en el que trabajo.

Pasé dos años absolutamente dedicada a mi trabajo y a mi hijo, sin apenas salir, hasta que me sentí ya en condiciones de volver a divertirme y conocer gente nueva. Y así sucedió… Y he estado saliendo y entrando, trabajando y cuidando de mi hijo, disfrutando de una relación magnífica e, incluso, he viajado a China… Cuántas cosas en una década… llevo tres rupturas, voy camino de tres mudanzas, cuatro trabajos, un hijo...

Y, a punto de empezar los encierros de Pamplona, espero poder escribir dentro de diez años otro post similar a este, haciendo recuento de las cosas buenas y malas que pueden pasar en dos lustros de la vida de una persona común, y recordando que hay personas, como Miguel Angel, que no han tenido la misma suerte que yo para que no se me olvide que los momentos, por muy malos que sean, son parte de la vida que no queremos perder.

A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón,
nos guíe en este encierro, dándonos su bendición.

sábado, 5 de julio de 2008

Mis objetivos: tajo parejo y... a "olivica comía"

Así es como voy esta semana... "tajo parejo". Es una expresión que aprendí en Murcia, que se utiliza para decir que estás haciendo un trabajo sin prisa pero sin pausa. O como dice mi madre, "te pones y vas chin, chin, chin, chin..."

Pues yo voy avanzando con mis objetivos "tajo parejo": en el despacho, estoy "sacando papel", dándo trámite a muchos asuntos que se me quedaron un poco atascados con el viaje a China. Eso me produce mucha satisfacción ya que, al volver de las vacaciones que me tomé, me dí cuenta de que iba a estar enterrada entre expedientes un buen rato. Y voy sacándolo tajo parejo: ya vuelvo a ver el color de mi mesa.

Pero en cuanto a mi casa, he estado buscando y mirando por mi actual barrio. Todo está carísimo, pero he visto dos pisos que me gustan. Uno es nuevo, muy bien amueblado, pero un poco caro. El otro, está en una zona preciosa, llena de árboles, es muy tranquilo y bastante más barato, pero el piso es más feo y los muebles son viejos.

Me voy a decidir por el más económico, porque así estaré más tranquila con el control del gasto. Y para una fase 1 está bien; más adelante, veré si la fase 2 es irme a un piso más grande o si es contratar a alguien que me eche una mano con el niño y liberar así a mi madre por las tardes. Dependerá de cómo esté ella, porque últimamente anda un poco pocha de un pie.

El dueño me dice que los muebles los puedo tirar si quiero, así que creo que poco a poco los iré cambiando por otros que me gusten más. Pero ya ando dándole vueltas a la cabeza desde el viernes sobre cosas que me van a hacer falta, que creo que serán muchas: ropa de casa, menaje, electrodomésticos... Tendré que comprar un microondas, una batidora... Tengo equipo de música, plancha y planchero, con lo cual, ya puedo planchar bailando.

En fin... creo que ya tengo casa, aunque hasta que no firme el contrato no lo doy por cierto, no vaya a ser que surja alguna complicación.
Y en el terreno personal, voy también tajo parejo con mis objetivos, alcanzando cada día un poco más el punto en el que pueda decir otra expresión murciana: "a olivica comía, huesesico al suelo". Literalmente, traduciendo del murciano, significa que si te has comido una aceituna, lo único que te queda por hacer es tirar el hueso; esta expresión se utiliza para aceptar una solución como única posible y dar por zanjado un problema.

Estoy muy contenta e ilusionada, aunque un poco nerviosa y, a ratos, algo triste. Pero el tiempo pasa, los días van cayendo del calendario y mis objetivos están cada vez más cerca.

miércoles, 2 de julio de 2008

Postal del llanto

Cuando voy por la calle a hacer gestiones, o estoy en un aeropuerto o estación o simplemente en una terraza tomando una cerveza, me gusta mirar a la gente que pasa y suelo hacer suposiciones sobre quiénes son, de donde vienen, a dónde van y cómo serán sus vidas. La mayoría de la gente no comunica nada especial, sobre todo en una ciudad grande un día de trabajo, pero a veces te cruzas con personas que, por su apariencia o su comportamiento, denotan una historia vital detrás. Y muchas veces me quedo intrigada porque me faltan datos para saber cuál es su momento vital, hasta el punto de que muchas veces me dan ganas de preguntar directamente, pero evidentemente no lo hago porque me parece de una curiosidad extrema e, incluso, una falta de respeto.
Cuando me topo con una persona que está llorando, sin embargo, me puede más la preocupación por lo que le pueda estar sucediendo que esa curiosidad, y la mayoría de las veces no evito preguntar o acercarme a ver qué puedo hacer. Tengo que reconocer que ver a una persona llorar me desarma completamente, incluso si es una total desconocida para mí (no te digo ya mis allegados) y si son varones, aún peor...
Esta mañana he reparado en una chica, bien vestida, que estaba intentando legalizar un documento en el Tribunal Superior de Justicia, como yo. Cuando la ví, me preguntaba de qué trámite estaba pendiente, y me fijé que llevaba un certificado médico en la mano. A mí me remitieron directamente al Ministerio de Justicia por el tipo de documento que llevaba´, y cuando me giré para salir, ella, me dijo... "allí nos veremos, porque yo también tengo que ir". Era una charla surgida de esa especie de vínculo que une a las personas que han de guardar la misma fila. Y le contesté... "sí, nos veremos". Al llegar yo al Ministerio, la vi salir con prisas; llevaba las gafas de sol y la saludé cuando estuvo próxima a mí. No me respondió el saludo, y me di cuenta de que iba mirando al suelo y que llevaba en la cara el rastro de una lágrima. Se me encogió el corazón: algo grave tenía que haberle pasado, porque hacía media hora se la veía muy contenta, así que me volví hacia ella y... lo hice, le pregunté.... "¿te pasa algo? ¿estás bien? ¿puedo ayudarte?"... se detuvo, me miró, y llorando sólo me dijo... "ahora me dicen que hasta mañana no estará listo". No dijo más, tomo su pena y su camino y se marchó. Y yo me he quedado toda la mañana sintiendome mal.
Y salió uno de mis recuerdos del cajón: una vez, volviendo de un viaje con unos amigos en un coche, llegamos a un accidente que se acababa de producir en la carretera nacional. Había un camión enorme parado en el margen derecho, pero en sentido contrario al de su marcha, y en el margen izquierdo una furgoneta mixta también en el sentido contrario de su marcha. Dentro de la furgoneta había dos hombres, uno de ellos fallecido y otro, el conductor, agonizando. Ni siquiera habían llegado los bomberos.
Era un escenario dantesco, cuyo culpable, según un testigo presencial al que me acercó, había sido el conductor de la furgoneta al saltarse un stop, sin que el camionero pudiera hacer nada para esquivarlo. Los chicos de mi coche se lanzaron al otro lado de la carretera a ver si podían ayudar al conductor de la furgoneta que resultó estar atrapado con el motor, e intentaron hacer palanca en la puerta y todo tipo de maniobras Pero no pudieron hacer nada y el conductor tuvo que ser excarcelado por los bomberos al tiempo que el pobre expiraba.
Sin embargo, yo había visto al camionero y no podía apartar mi vista de él: era un tipo grande, y no había tenido la culpa del accidente... sin embargo allí estaba, arrodillado junto a su camión, con las manos tapándose la cara y llorando como un niño pequeño, balbuceando palabras entre mocos y lágrimas. Me acerqué a él, pero no supe qué decirle; me pareció que nada de lo que yo le dijese podría aliviar la desesperación y congoja que sufría, así que me limité a ponerle la mano en el hombro y estar junto a él el rato que permanecimos allí.
No recuerdo su cara, ni cómo iba vestido, ni nigún detalle excepto que era un hombre grande. Pero la imagen, y la sensación de desamparo total que yo sentía al verle llorar así, no se me olvida. Es una de las postales más importantes de mi colección de recuerdos y me viene a la mente cuando veo a una persona desconocida llorar, sobre todo si es un hombre.

sábado, 28 de junio de 2008

La "Corchos"

Ayer tuve una mañana de perros: tuve que ir al Notario, pasar por la oficina de un cliente para terminar un escrito, y luego ir al Juzgado para ver dos expedientes.
Hacía un calor increíble, y la ciudad estaba llena de coches. Como ando últimamente un poco desconcentrada, me perdí y di más vueltas que una peonza y, al final, me ví metida en un atasco morrocotudo. El personal estaba desquiciado con el calor, los humos y la hora de comer acercándose; los peatones se lanzaban a cruzar antes de que el semáforo les diera paso, aprovechando que los coches estaban parados, intentando así estar el menor tiempo posible expuestos a la solanera que estaba cayendo... los coches estaban tan atentos a aprovechar la más mínima posibilidad de avanzar medio metro que no se fijaban en si había peatones cruzando... amagos de atropello, de colisiones por alcance, el lorenzo cayendo a plomo, los tubos de escape lanzando más calor aún... agotador.
Por fín llegué a los Juzgados, y el calor se atemperó un poco, pero no mucho. Tenía que ir a la séptima planta y, desde luego, no estaba dispuesta a subir por las escaleras en esas condiciones, así que llamé al ascensor, que funciona fatal y tarda mucho. Pero con tal de no subir, prefería esperar media hora si era necesario al ascensor.
Junto a mí, a mi izquierda, esperaba otra persona, un hombre de unos 65 años aproximadamente, bien vestido y con unos papeles de Juzgado en la mano. Deduje que era abogado, porque los procuradores suelen llevar carpetas con muchos más escritos, y no era un particular porque se movía con familiaridad en el edificio.
Entonces apareció ella, una abogada de unos... ¿cincuenta años?... luego me enteré de que tenía sesenta (muy bien llevados). Rubia, con mucha "personalidad" y muy marcada. Llevaba un vestido veraniego oscuro, con falda de vuelo que movía con mucha gracia, y unos taconazos de los de infarto. Iba caminando con paso muy resuelto, seguida por dos personas, a las que iba explicando en voz muy alta y con acento sureño lo que iban a hacer ahora, y qué paso era el proximo en el procedimiento. Llevaba una carpeta en un brazo. Sin duda, era una abogada.
Se sentó con sus clientes en el banco inmediatamente detrás nuestra, y entonces reconoció al hombre que esperaba junto a mí el ascensor. Se acercó a él dando saltitos y le dio como una especie de achuchon-abrazo, y abriendose también un poco hacia donde yo estaba de manera que me hacía partícipe de lo que iba a decir, soltó... "Hombre, qué tal!... Qué gusto verte... ¿sabes lo que hacen las mujeres de la cárcel de (no se donde dijo, un lugar)?"... y el hombre contestó con un lejano acento sudamericano: "Hola... pues no, no lo sé, dimelo tú". "¡Les enseñan las tetas! ¿qué te parece? ¡las tetas!... y están ¡que se suben por las paredes!..." Y se rió de forma escandalosa, volvió al banco, recogió su carpeta y a sus clientes y tomó el pasillo de la izquierda caminando como llegó: con mucho aire, moviendo las caderas y hablando y riendo en voz muy alta.
El señor a mi izquierda me miró como interrogante... pensé que buscaba algún comentario mío, así que le dije... "tendrán calor las pobres"... Pero entonces me di cuenta de que lo que buscaba en mí era cuál era mi opinión sobre el abordaje que le había hecho la rubia abogada escandalosa, como si quisiera excusarse. Y entonces, me contó que él era abogado, peruano, que había llegado a este pais en verano de 1975, y que la conoce desde entonces... que siempre ella había sido así, muy bromista, y que incluso él le había retirado la palabra durante tres años debido a que, yendo con su esposa, habían coincidido con ella en dos ocasiones y ella lo había puesto en un aprieto ante su señora: una vez le echó mano al paquete y otra le había plantificado un beso en la boca, lo cual le ocasionó sendos problemas con su mujer.
Y me contó que ella, que ya es abuela y no volverá a cumplir los sesenta, está ahora un poco más moderada, pero le gusta provocar a la gente y es feliz así. De joven, la llamaban la Corchos, porque hubo una moda de zapatos con plataforma de corcho que ella siguió como una buena fashion victim: al parecer llevaba unos zapatos que era más fácil hundir un petrolero que a ella.
Me resultó simpática la situación y los personajes, así que se me alegró un poco la mañana. Y la Corchos, pues tan feliz que iba por el Juzgado, haciendo su trabajo, riéndose de la vida, bromeando a los colegas y, sobre todo, poniéndoles en evidencia frente a terceros, que es lo que le gusta. Y eso que según este señor, ya está mucho más moderada. Será la edad.

jueves, 26 de junio de 2008

El compromiso, las relaciones y el espejo social.

En casi todas nuestras acciones intentamos mirarnos en el espejo social, y tendemos a hacer lo que es "normal" que hagamos en funcion de nuestra edad, sexo, formación o posición económica, atendiendo a lo habitual en nuestro grupo de referencia. Y mantenemos nuestras relaciones con nuestro entorno también mirándonos en ese espejo social del que emana la imagen del individuo prototipo de ese grupo de referencia, que reúne todas las características mayoritariamente aceptadas en dicho grupo.

Ello nos facilita la vida, el hombre es un ser social, porque nos permite no tener que estar continuamente tomando decisiones sobre lo que debemos hacer o no. Basta con seguir la "norma" o el criterio imperante.

Pero lo que no podemos permitir, en mi opinión, es que ese espejo social que nos sirve de parámetro sea algo más que eso; no podemos permitir que se convierta en una losa que nos impida tener reacciones o comportamiento que realmente son lo que nos haría felices.

Esto se ve, también en mi opinón, en las relaciones y el compromiso. Cuando dos personas se gustan e inician una relación, pronto empiezan a adoptar los modos y comportamientos que ven en el espejo social de su grupo de referencia, y de una semilla anárquica y sin reglas iniciales en el que la base es el compromiso particular de ambas personas como quiera que lo hayan establecido, se ven, con el paso del tiempo, avanzando en la dirección que "se supone" tiene que llevar la relación. Pero siendo el compromiso particular de cada pareja lo que determina su relación, lo que le ha dado origen, si se sustituyen poco a poco dichos pactos por la regulación habitual del grupo de referencia, llega un momento en el que los implicados pueden no saber donde están, qué es lo que quieren, por qué llegaron ahí...

Yo tuve un novio muchos años. Nuestra relación duró trece años y medio. Cuando empezamos eramos muy jóvenes, yo 17 y él 18 años. Me lo pasaba muy bien con él, porque era muy ocurrente y divertido. Teníamos una buena complicidad en muchas cosas y confianza recíproca en algunos elementos de la relación que ambos consideramos esenciales. Mi rol era muy libre, porque así lo habíamos acordado, por lo que yo me sentía muy independiente y cuando estaba con él era porque ambos queríamos.

Fueron pasando los años, y nos fuimos "poniendo viejos". Empezamos a hacer, poco a poco y cada vez más, lo que se esperaba de nosotros. Terminamos los estudios y nos fuimos a vivir juntos, y nuestra relación se regia por las normas típicas de nuestro entorno. En ese momento, yo ya no hacía lo que yo quería, sino lo que se debe hacer... y supongo que él también. Fue una etapa muy gris de mi vida, y no por su culpa (libreme yo de decir tal cosa), sino porque no fuimos capaces de renovar el compromiso mutuo con la frecuencia necesaria, y fuimos perezosos o inconscientes optando por aceptar como propias de nuestra relación las normas que veíamos en el espejo social.

Lo triste es que un día yo planteé un paso definitivo, también siguiendo la lógica de lo "esperado": ya tenía treinta años y debía tener un hijo. Yo creo que en ese momento, él se dio cuenta de que, siendo lo que "nos tocaba" hacer, algo en su interior le decía que no era el siguiente paso. Y se fugó. Casi literalmente, huyó. Diciendo que quería que nos trasladásemos a su ciudad natal antes de dar ese paso, marchó a ella de prospección una semana, que luego resultaron tres. Al final de la tercera semana, me llamó diciéndome que no volvía, y que no quería hacerse responsable de condicionar tanto mi vida como para que me trasladara de ciudad. No quería ser el responsable de mi vida, como si yo no fuera capaz de decidir mi propia vida y asumir las consecuencias... y quizá no lo era.

Todos mis esquemas se vinieron abajo, porque no entendía nada de lo que estaba pasando, pero más tarde ví que era la única situación posible si tomas como propio un "compromiso standard" sin pararte a pensar que realmente es eso lo que quieres hacer. Y empecé a sentirme liberada porque, como si se me hubiera roto un cristal en la frente, me di cuenta de repente que había estado haciendo, no lo que yo queria, sino lo que yo creía que "tocaba". Por ello, desde entonces, hago sólo aquello que quiero hacer. Y cada paso que doy, lo pienso y lo decido sin prestar ninguna atención a cómo deberían ser las cosas. Y no pretendo que nadie se comprometa a algo conmigo sólo porque "es lo que toca", porque eso no me sirve para nada.

En cambio, es muy satisfactorio saber que estás precisamente donde quieres estar, con quien quieres estar, cuando quieres estar y como quieres estar. Y es aún mejor saber que tu pareja está en el mismo punto.

Cada uno es libre para decidir qué es lo que quiere, y en qué se quiere comprometer, hasta qué punto y cómo. La única regla, es estar de acuerdo, y a partir de ahí, las normas se las da cada uno. Es lo que siempre se ha dicho: cada relación es distinta, cada pareja es un mundo... Y creo que esta liberación del espejo social avanza se va generalizando en nuestros días, y vemos proliferar parejas LAT (living apart together) o parejas swingers, que apartándose de los convencionalismos sociales como la obligación de convivencia o la de la monogamia sexual, logran alcanzar un punto de confianza mutua excepcional porque se desarrollan a partir de un compromiso real.