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lunes, 1 de septiembre de 2008

Hombres, hombres

Con lo que me gusta a mí escribir acerca de mujeres, y en especial, de mujeres valientes, se ve que me ha tocado la racha de tratar de personas del sexo opuesto... Es curioso, pero nosotras tenemos la idea común y vaga de que son muy sencillos en su comportamiento; incluso creo que ellos mismos creen el tópico de que las mujeres somos mucho más complejas que ellos, y que se mueven sólo por el pensamiento único. Pero fuera de los tópicos, la realidad es muy distinta, y en el día a día se pueden conocer hombres realmente muy interesantes, o cuyas reacciones en determinadas situaciones no responden a la imagen que inicialmente dan.

Esta semana estaba preparando un juicio muy duro para esta mañana, en el cual tenía que aportar una documentación inmensa, constituida entre otras cosas por doce paquetes de facturas, unas dos mil facturas aproximadamente. Al llevar la documentación a una copistería próxima a la oficina, tuve ocasión de charlar un rato con el chico que la atiende: un chico joven y muy guapito (unos 28 años) de indumentaria más bien pija, que parece ocupar parte de su tiempo de verano en algún trabajillo mientras estudia (tenía los apuntes encima del mostrador) para sacarse unas pelas de cara al invierno universitario... Nada aparentemente interesante, vamos.
La conversación se inició, precisamente, con referencia a sus estudios, ya que al decirme que él que tenía que recoger las copias ese mismo día porque al día siguiente tenía examen y no abriría, no pude evitar preguntarle que de qué se examinaba... y bla bla bla...
Resultó ser un chico muy agradable e inteligente, que me miraba a los ojos cuando me hablaba con una sonrisa muy franca... me enteré con la charla, que sus padres están divorciados desde que él y su hermano eran muy pequeños, que habia estado trabajando toda la carrera, porque su madre no tenia medios y, él prefirió alargar su carrera a recurrir al auxilio de su familia, bien acomodada y con la que se lleva bien (por cierto, todos abogados y miembros de la judicatura, ya es casualidad)... pero si se podía evitar, mejor. De hecho, estaba haciendo ese trabajo porque le acaban de despedir de su empresa y se ha quedado sin vacaciones de verano... Pero bueno, lamentarse no le iba a servir de nada, y el asunto no merecía un disgusto porque saldrá adelante... Aunque andaba pensando en independizarse, aunque (decía) ya llegará el momento, tampoco es grave... Me llevo muy bien con mi madre y con mi hermano... De todas formas, como no tiene ni hijos ni pareja... Acaba de terminar con la chica con la que estaba porque ella no parecía capaz de comunicar sus sentimientos; el cree que la comunicación es muy importante en la pareja y que merece la pena trabajar la exteriorización de los sentimientos aunque a todos nos cueste y nos de miedo exponer nuestras debilidades ... Hay que ver lo que son las apariencias... después de esa conversación, pasó a parecerme un chico muy consciente de sí mismo, de las relaciones interpersonales, del concepto de responsabilidad y compromiso... y encima, sin miedo a mostrar sus vulnerabilidades y, por tanto, con un buen nivel de autoaceptación y de seguridad en si mismo.
Es bueno encontrarse con personas así, porque a ese nivel de confiaza y aceptación no se llega por azar, sino que requiere, por ejemplo, localizar aquellos comportamientos que no nos están produciendo buenos resultados, examinar por qué los llevamos a cabo... si se trata de un miedo (como el de mostrar las vulnerabilidades), ver exactamente por qué tenemos ese miedo... siempre se debe a que tememos el rechazo, porque centramos nuestra autoestima en las reacciones de los demás hacia nosotros. Relativizar la importancia de las opniones de los demás sobre nosotros. Aceptar que tenemos ese miedo y no conformarse, sino buscar los medios para eliminarlo o, por lo menos, aminorar sus consecuencias sobre nuestra vida... Mostrar las vulnerabilidades es una muestra de fortaleza.
Es bueno encontrarse con personas que no se dejan llevar, sino que toman el control y construyen su vida. Y es sorprendente, al menos para mí, que eso lo narre en primera persona un hombre. Admirable, diría yo, un acto de verdadera valentía ante la vida...
¡Olé por los hombres así!

lunes, 21 de julio de 2008

Todos, a veces, hacemos tonterías

Es cierto. Todos y cada uno de nosotros tenemos, en nuestra memoria, algún recuerdo de algo que hicimos que, a toro pasado, nos parece una equivocación o, incluso, una tontería. En esas situaciones tenemos dos opciones: obcecarnos en seguir el camino que iniciamos, porque la decisión la tomamos en su día y hay que continuarla hasta el final. O asumir que fue un error y salir del camino, intentar reconducir nuestros pasos al punto al que estábamos o, si no es posible, apartarnos, por lo menos, del sendero equivocado y buscar uno nuevo.

Ni que decir tiene que soy siempre partidaria de lo segundo, por supuesto, pero aprendiendo a no colocarnos en la situación que nos llevó a adoptar aquella decisión equivocada. Si no se hace así, terminaremos de seguro en el mismo punto.

Esta generalidad que estoy diciendo es particularmente aplicable en mi trabajo cuando el pleito versa sobre relaciones personales, es decir, muy a menundo. Porque ya sea un divorcio o una discusión entre socios de una mercantil, son muchos los casos en los que la subjetividad del cliente impera y domina el problema, e impide que las personas sean capaces de ver más allá de los siguientes cinco minutos de su vida, ni más atrás de los últimos cinco minutos vividos. Así, se toman muchas decisiones que, con el paso del tiempo, es muy difícil sostener porque el propio cliente pasa a considerarlas "una tontería", descolgándose con frases del tipo... "no tenía que haberle dicho tal cosa", o quizá, "si en aquel momento hubiera esperado un poco a tranquilizarme..."

Lo que está claro es que si uno descubre que su mujer le engaña, o que su socio le roba, lo más probable es que la decisión sea romper esa relación. En estos casos, no se presenta ninguna dificultad, salvo determinar la forma de hacerlo para encontrar aquella que suponga el menor desgaste emocional de los implicados. Por ello, un abogado siempre intentará una solución negociada antes de ir a juicio. O incluso puede recomendar una negociación sin intervención de abogados inicialmente, ya que cuando las togas entran por medio todo el mundo se repliega a la trinchera y puede dar comienzo la guerra sin fase de negociación.

Pero a veces, las relaciones entre las personas no tienen un punto tan claro de inflexión, sino que el deterioro es más difuso y no se sabe bien a qué motivo imputarlo. Si un matrimonio se distancia, y ninguno de ellos es feliz, o si dos socios ya no trabajan con el mismo entusiasmo en el proyecto común que les unió, suele suceder que uno de ellos (normalmente quien se siente más fuerte para "rehacer" -qué poco me gusta ese término, pero esa es otra historia- su vida o su negocio) toma la decisión de romper la baraja.

Y suele pasar muchas veces que esa persona, en realidad, ha tomado la decision de resolver la situación, pero sólo se le ha ocurrido la vía de disolverla, no de buscar el origen del problema y tratarlo. Y es en este tipo de asuntos en los que me he encontrado, precisamente, con que la gente, tiempo pasado se descuelga con un... "ya no estoy seguro", "quizá no fue la decisión correcta, quizá tenía que haber buscado un camino". Muchas veces, incluso, las personas llegan a la reconciliación conyugal o societaria.

Desde el punto de vista profesional, en mi opinión es un fracaso no detectar bien cuál es la causa del problema y si el mismo es o no irreversible. De momento, porque te puede llevar a hacer un trabajo que luego resulte ser innecesario; pero además, porque si el perfil del cliente es de los que, a pesar de reconocer que se equivocó, insiste en sostenella y no emendalla, en realidad no consigues resolver un problema, sino ayudar a que el mismo crezca sin motivo.

Cuando ello sucede en el ámbito de una sociedad mercantil pequeña, de dos o tres socios (que muchas veces funcionan como los matrimonios, sobre todo con las pymes), la lástima es que se puede dar al traste con un medio de vida que venía siendo adecuado para los implicados. Y solo haría falta que estos tomen un poco de distancia para poder evaluar friamente la situación.

Pero cuando se trata de un matrimonio, se está jugando con sentimientos mucho más fuertes; quizá por ello el número de reconciliaciones conyugales es mayor que el de reconcialiaciones societarias. Si bien, siempre es necesario que pase un tiempo para que las personas puedan valorar bien la decisión tomada en su día, y desvestirla de todo el maremagnum emocional que una ruptura nos supone. En el caso de que haya hijos en el matrimonio podemos llegar a una decisión dramática para personas que no tienen el más mínimo poder de decisión, por lo que hay que ser especialmente cautelosos.
Por eso, siempre que entra una pareja a mi despacho para divorciarse, indago especialmente sobre la firmeza de su decisión. Y si hay hijos, intento siempre recomendar una mediación especializada por un profesional. Si detecto un perfil de los "yo-no-reviso-mis-decisiones", intento un acercamiento individual, para conocer mejor los motivos de la irreversibilidad de la decisión, que a veces son futiles, como puede ser un orgullo mal entendido o la inseguridad de no obtener una respuesta afín del otro lado. Y no es que intente yo reconciliar a las personas, que me libro mucho de meterme en las decisiones de nadie; únicamente les recuerdo de forma periodica hasta el momento de la sentencia, o incluso después, que en esta vida nada hay irreversible, salvo la muerte. Y que hay que hacer todo lo posible para ser lo más feliz que uno pueda
Extrapolando esta experiencia al terreno personal, por mi parte, intento revisar las decisiones que tomo... en realidad, intento no apresurarme a tomarlas... y una vez tomadas, las suelo revisar con el tiempo, ya más friamente, para determinar si fue acertada o no. Ello me permite ser firme en mis decisiones cuando, pasado el tiempo necesario, se confirman en esa revisión. Pero no se me caen los anillos por decir "me equivoqué, fue una tontería", si así lo pienso... y en este caso, hago todo lo que esté en mi mano para volver atrás...
Al fin y al cabo todos, a veces, hacemos tonterías ¿no?

jueves, 12 de junio de 2008

El vértigo de la vida.

Hoy he estado reflexionando, entre escrito y escrito, en el miedo que tenemos las personas a abordar nuevas etapas en nuestra vida.
Ando dándole vueltas los últimos días y cavilando sobre ello, me he dado cuenta de que yo andaba un poco "dormida en los laureles", porque llevo varios años en una situación muy cómoda, y especialmente el último año: hace cuatro años, me separé y me trasladé de ciudad, llevándome a mi hijo conmigo a vivir a casa de mis padres. Ni que decir tiene que me ha venido de perlas, sobre todo al principio, porque lo que necesitaba yo en esa ruptura era un poco de tranquilidad y seguridad. Si a eso se añade el soporte logístico que aporta una madre de las de antes... miel sobre hojuelas. Pero además, si tenemos en cuenta que durante los últimos catorce meses he disfrutado de una relación con un hombre muy estimulante que, además, no me suponía renunciar ni a mi comodidad del hogar familiar, ni a mi tiempo con mi hijo, ni a mi trabajo...


Sin embargo, hoy me he puesto a reflexionar en mis miedos y en mi situación, en por qué la estoy dilatando.


Hasta ahora, tenía motivos para permanecer en casa de mis padres: mi hijo era muy pequeño, mi trabajo muy acaparador y yo saliente de una ruptura que me ha tenido en "orsay" casi dos años. Sin embargo, pensé ¿realmente ahora son obstáculos invencibles o es que estás muy cómoda? Ahora mismo, la verdad es que mi hijo ya tiene seis años y no es un bebé, cuento con mi madre para seguir echándome una mano con él, y yo estoy francamente recuperada de mi ruptura hace ya mucho tiempo.


¿Qué sucede entonces? Vértigo. Eso es lo que pasa. Me he sentido, de repente, como me sentí la primera vez que me "emancipé". Me he dado cuenta de que lo que me pasa es que me da miedo de nuevo asumir toda la responsabilidad que supone llevar una casa. Y me he dado cuenta, también, de que tengo un compromiso con mi hijo que no puedo postergar: necesita su casa. No es que esté mal con la abuela, es que si le pides que te dibuje a su familia, pinta a dos madres. Ya está bien de hacer de vice-madre (mi madre es la jefa, claro) cuando no hay, realmente, necesidad de ello. Las situaciones transitorias no se pueden mantener eternamente; eso también lo he aprendido recientemente.


Agradezco infinito a mis padres el cable que me han echado. Ellos lo saben. No podría haber sobrevivido sin su apoyo. Pero, como decía una amiga "una mujer tiene que hacer lo que una mujer tiene que hacer". Y yo tengo que buscar un piso y construir un hogar para mí y mi hijo, porque él y yo somos una familia.


Cierto es que llevo desde comienzos de año preparando este momento, porque parte del mismo lo he centrado en conseguir elevar mi nivel de ingresos para poder tomar esta decisión con un poco de más tranquilidad, de forma que, aunque me tenga que recortar el presupuesto de ocio, sea algo llevadero. Pero me había inventado ya no sé qué excusa (tan absurda seguro, que ni la recuerdo) para retrasar la decisión hasta fin de año. Ha sido la reflexión sobre el miedo ajeno a la vida lo que me ha hecho ver mi propio bloqueo.


Así que, llegada a este punto y con esa determinación en mente, justo después de hablar con un amigo y antes de irme de la oficina, sin pensarlo dos veces para que no se me pasara el ataque de valentía, he llamado a un amigo que tiene una agencia inmobiliaria para que me busque un piso majo; esta era la llamada que iniciaba el camino sin retorno, porque sabía que este amigo, que me quiere mucho, está esperando mi llamada desde hace tiempo. Y sabía que me diría lo que me dijo: "Tengo tu piso ideal, se queda libre a mediados de julio: dos dormitorios, con un amueblado precioso, dentro de tu presupuesto y, sobre todo, muy cerca de tu madre ;-)"


Qué vértigo y qué bien me siento. El miedo es prudente, en tanto que nos ayuda a meditar nuestros próximos pasos, pero no puede paralizarte en la vida porque, lo que es inevitable, es que la vida pasa y no por quedarnos quietos el tiempo se detiene.

Es el vértigo de la vida, como una montaña rusa ¿nos vamos a quedar siempre en el tramo recto del camino que vemos? Nada puede haber tan terrible al otro lado de la curva, solo otra recta.


jueves, 3 de abril de 2008

Homenaje a una persona dura

... Esta no es una persona dura-malvada, ni dura-sufrida... es otro tipo de persona dura: la dura-resistente. Y esta entrada es para hablar de la persona más dura-resistente-cabezota-empecinado que he conocido en mi vida, y que no es otro que mi hijo.

Hoy cumple seis años, y cuando le he felicitado, no he podido evitar acordarme del día que nacio. Es un acontecimiento que he conseguido revivir poco, pero no porque lo evite, que no serviría para nada, sino porque, por suerte para mí, el tiempo ha hecho bien su trabajo en este caso y ha conseguido que me olvide un poco.

Sin embargo, como decía, hoy me he acordado: cuando me he despertado, a las siete y media, que ya estaba en la sala de paritorios, seis meses de gestación, amenaza de parto prematuro, trasladada desde otro hospital porque en ése no tenian UCI neonatal... Y me iban a enviar a la sala de eco, a comprobar cuánto de grave era el desprendimiento de placenta... cómo estaba el bebé de colocado, o de peso: desprendimiento parcial, posición podálica, entre 850 y 1000 gr... A las 10:30 aproximadamente vi a su padre, porque le permitieron acompañarme desde la sala de paritorios hasta la ecografía y pude hablar con él el rato del trayecto en el ascensor. Fue entonces cuando me di cuenta de que igual me moría de aquella... lo vi en la cara del padre de mi hijo. A las doce de la mañana yo, que me había prometido no dar ni un gemido y ser una mujer valiente, era toda yo un grito... por dios, por dios, por dios... y blasfemias al entrar al quirófano... creo que al cirujano que me hizo la cesarea de urgencia lo llamé hijo de tal o de cual... Y al abrir los ojos en recuperación, escucho a la enfermera al teléfono...
- ajá, ha pesado 1.020 gr..
- ¿ese es mi hijo?
- si
- me dijeron que pesaría 850 gr
- pues ha pesado 1020 gr. , ha sido grande.

Fue una buena señal, que se ha ido confirmando cada día... "el niño milagro" lo llamaban en la UCI... "mi campeón", le decía el doctor que lo trató. Citaría su nombre, que no se me olvida, pero no quiero invadir su intimidad, así que lo dejaré en Juan, también conocido como "el padrino"...

En la UCI estuvo tres meses... "las primeras 24 horas son cruciales" me dijo Juan... "este niño es un campeón, ahora a por las 48 horas"... cada día era dos pasitos para adelante y uno para atrás, pero este niño no dejaba de pelear por sobrevivir... ductus abierto, indometacina para tratarlo y ... fallo renal... una infección a serratia marcensis... enterocolitis necrotizante (mortal en niños gran prematuros)... una fibroplasia retrolental... ¡yo qué sé! cada día una cosa nueva...

A los veintitrés dias, se arrancó el respirador de un manotazo... No se me olvida que aquel día fue el primero en que vi sonreir a Juan y eso me dio mucha tranquilidad. Mi hijo nunca tuvo buena relación con el oxigeno; "el buceador", lo llamaban en la sala de la UCI, porque siempre estaba con una saturación límite. Y me decían "este niño será campeón de apnea"...
Así siguio día tras día. Juan me decía "la ausencia de noticias son buenas noticias". Y es que mi hijo comenzaba cada dia agarrado a la vida mientras otros nacidos en mejores condiciones que él (recuerdo al niño Miguel, por ejemplo... cómo olvidarlo) no superaban el trance de adaptarse a lo que para nosotros parece tan simple: amanece, respiramos, anochece y segimos respirando.
Mi hijo, erre que erre... a más ayudas que le ponian, más las aprovechaba... Y me decían... este niño es duro, es un un cabezota que se ha empeñado en sobrevivir...
Hoy cumplio seis años. Cuando le felicité esta mañana, me dijo... "si, y otro día tendré siete, y otro día tendré ocho, y otro día tendré nueve..."

Es una persona dura-resistente, tiene muchas ganas de vivir y aguanta lo que le echen. Es cierto que se atropella mucho y no todo le sale bien... es más, muchas cosas le salen mal, pero hay una en la que es un experto: en sobrevivir, y tiene una luz en la mirada. Cuando miro sus ojos, veo en su fondo un conocimiento ya viejo del sufrimiento, y aún asi, brillan...
De él he aprendido que lo fundamental es lo obvio: vivir.










lunes, 24 de marzo de 2008

Mujeres en pie de guerra


Esta Semana Santa he estado arreglando mi casa, una que tengo alquilada en una bonita ciudad a media jornada de distancia de la villa y corte, porque mis antiguos inquilinos decidieron re-emigrar a Argentina al haberse recuperado la situación económica de su país. Fue un trabajo duro, porque al tratarse de una mudanza a ultramar, la familia "saliente" se tuvo que dejar media vida en mi casa. Menos mal que tuve la ayuda de F. y logramos desechar lo que a ellos no les dio tiempo, y además, darle una mano de pintura a la casa.

Estando metidos en faena, con el flequillo salpicado de temple y enarbolando el rodillo con alargador telescópico, sonó el teléfono y me habló una mujer: "Hola, me llamo M. No me conoces, pero me ha dicho mi cuñada que alquilas un piso de dos dormitorios"... La información ya había circulado por la zona: precio, ubicación y numero de dormitorios.

Me preguntó que cuándo podía ver el piso y como ibamos a estar allí de todas formas, le dije que inmediatamente, si quería: tardó veinte minutos en llegar a mi puerta, a la que llamaron dos mujeres que aparentaban veinticinco y cincuenta y cinco años, respectivamente. Luego supe que tenían diecinueve y cuarenta y dos... La vida es dura para algunas personas.

Antes ya de entrar, la más joven me aclaró que eran madre e hija, que el piso lo alquilaría ella, que ella lo pagaría, que aunque era muy joven tenía nómina y que me la podía enseñar, que su madre estaba recién separada, que era la segunda vez que le pasaba, que ella tenía que ayudar a su madre... uf... Aún no había pisado la casa y me había lanzado una ráfaga de información que, unida a una mirada concentrada, me hizo sospechar que me econtraba ante dos mujeres en pie de guerra.

Las hice pasar para enseñarles la casa, pero en realidad, ellas solo querian comprobar que tenía lo esencial: paredes, techo, suelo, ventanas con cristales... un sofá, una cama, una cocina, un aseo... agua corriente, luz eléctrica... Yo les iba contando lo bonita que es la casa, lo agradable que es vivir allí, lo luminosa que es, la vista tan bonita que tiene... les explicaba lo que había y cómo funcionaba... el friegaplatos, el aire acondicionado... ventanas dobles, puertas de roble... ellas iban detras mía asintiendo a todo y quitándole importancia a todos los peros que yo misma le iba poniendo a la casa al tiempo que la enseñaba.

Sabían de antemano que el precio era bajo, porque esa información circuló junto con la vacancia del piso, en realidad, solo esperaban a que yo les dijera sí o no. Cuando terminé la exhibición del piso me hicieron la gran pregunta: "¿... y cuándo podríamos entrar?". Yo les contesté: "me voy el domingo a Madrid, en esta semana dejaré pintado el piso. Podeis entrar el mismo domingo".

La mujer de más edad rompió a llorar en ese momento. ¡Estaba tan nerviosa!: el piso es bonito, y es algo que pueden pagar; los alquileres están caros, y los sueldos son bajos. Y para una mujer que se ha dedicado a su casa, es difícil remontar la crisis de un divorcio hasta que no encuentra trabajo. Mientras, su hija, me decía "discúlpala, es que lo ha pasado muy mal, y es la segunda vez que le pasa. Tenemos que salir adelante como sea, y necesitamos una casa; estamos viviendo en una habitación las dos juntas, en una casa de una amiga que además nos quiere cobrar doscientos euros para terminar el mes, a pesar de que acordamos que yo compraría la comida y mi madre limpiaría la casa a cambio del alojamiento. Yo tengo dos trabajos, y mi madre empezará la semana que viene...".

Y continuó "Podemos darte un mes de fianza ¿será suficiente?". Les expliqué que si me dejaban de pagar, un mes de fianza no me arreglaba nada; les expliqué que para mí, aquella casa es todo mi ahorro. El mío y el de mi hijo. Que si dejaban de pagarme tendría que ir a por su desalojo como fuera.

Les expliqué que yo pedía un alquiler barato porque lo que quiero es que me paguen todos los meses, no que me paguen mucho cada mes. Les expliqué, en definitiva, que yo también soy una mujer en pie de guerra, que tuve que dejar mi casa al separarme para irme con mi hijo a vivir a otra ciudad... para irme a sobrevivir a otra ciudad.

Y les expliqué, en definitiva, que como ellas bien saben, una mujer en pie de guerra no tiene piedad cuando llega el momento de defender lo que es básico. Me descubrí, hablando así, capaz de ser muy dura; pero ellas, lejos de amedrentarse, me agradecieron la sinceridad, porque saben lo que es la lucha por salir adelante cuando todo se te vuelve en contra, y saben perfectamente que una fianza no las iba a proteger.

A mí (y creo que a F. también) me hizo ilusión comprar una mesa nueva con cuatro sillas que ni habían echado en falta en su visita, y estaba deseando ver su cara cuando vieran lo chula que había quedado la casa después de pintarla y limpiarla. El domingo se instalaron con dos bolsas de viaje y un compra de comida.

Espero que nos vaya bien a las tres, y que podamos dejar de estar en pie de guerra. Es muy cansado rehacer la vida continuamente, y es ilusionante pensar que es posible un intercambio justo y satisfactorio para todas las partes sin necesidad de perseguir siempre el lucro personal. Ojalá no me haya equivocado, pero si no sale bien esto, creo que el riesgo habrá merecido la pena.




domingo, 30 de diciembre de 2007

Mi amiga P

Hoy me acordé de mi amiga P... Estos días está en Madrid y quedaremos para tomar un café; no nos vemos desde hace más de un año, pero la tengo muy presente porque suelo llevar un colgante de un delfín que ella me regaló. Tengo que reconocer que no me gustan mucho las joyas y aderezos, y los que llevo suelen ser pequeños y no muy caros, pero casi todos los que uso tienen algún significado para mí.

Es lo que sucede con el Delfín de P., que es un pequeño colgante de oro que representa un delfín enmarcado en un aro... Y me recuerda que no hay momento malo para tomar una determinación seria con nuestra vida si no estamos felices con ella... que no hay edad para re-comenzar o para iniciar una nueva etapa... en definitiva, que la autocompasión no sirve de nada, porque mientras uno llora mirándose al espejo y pensando "qué desgraciado soy", la vida se está pasando.

En el caso de mi amiga P., decidió divorciarse cuando ya rozaba la edad de jubilación (aunque ella, como ama de casa que era, no iba a conocer esa fase laboral nunca, claro)... Se dio cuenta un día de que llevaba demasiado tiempo viviendo amargada, con un marido con el que no era feliz, manteniendo una situación con la que estaba muy a disgusto solo porque había sido el camino que tomó cuando joven... Y pensó que quizá le quedaban pocos años de vida, o por lo menos, pocos años con un estado de salud aceptable... Y decidió que los años que le quedaran de vida, los iba a vivir conforme a su único criterio.

No fue una decisión fácil... Y no solo por la presión social de su entorno (P vive en una ciudad pequeña, con un elevado nivel de control social), sino porque con esa edad, mi amiga P. no había ido jamás a un banco, a Hacienda o a la Seguridad Social, y creía (porque su marido así se lo había hecho creer) que ella era "muy tonta" como para entender los complejos trámites burocráticos que conlleva abrirse una cuenta corriente o hacer la declaración del IRPF.

Pero además, como nunca había trabajado ni tenía ingresos por patrimonio familiar propio, temblaba cuando su marido, al conocer el propósito divorcista de su costilla, la amenazaba con dejarla en la más absoluta miseria: "te he de ver pidiendo en la calle", le decía... Pero ella, erre que erre con su decisión... "que no, que me da igual, que ya me arreglaré, pero que yo no me voy a morir amargada"...

Y para allá que fue... se divorció y le mejoró hasta el cutis. Le quedó un pequeño piso y una pequeña pensión, suficiente para un ama de casa acostumbrada a estirar la asignación que le daba su marido semanalmente para atender a las necesidades del hogar... su ex-marido, que según tengo entendido aún no ha aprendido a plancharse las camisas, todavía le sigue rateando algunos eurillos en las actualizaciones anuales de la pensión, pero ella le ignora activamente y queda con sus amigas para irse a tomar el apertivo el domingo por la mañana... y se ríe. Se ríe mucho últimamente mi amiga P.