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miércoles, 31 de marzo de 2010

Efemérides: el día de A.

No sé si a todo el mundo le sucede como a mí, pero hay fechas que se me quedan grabadas por algún suceso de mi vida y que asocio, con el paso del tiempo, a noticias publicadas en ese mismo día, de manera que termino por recordar bien la cronología de ciertos hechos de mi pasado porque recuerdo la fecha de un acontecimiento. Y viceversa, algunas fechas de la historia reciente las conozco bien porque coincidieron con algún hecho importante de mi vida.

Ayer fue un día importante en la vida de Anna, una chica rumana de veintitrés años que hace tres se vino a trabajar a España con su novio de toda la vida, Robe, con el fin de ahorrar un dinero que les permitiera comprase un piso en su país para casarse y comenzar una familia.

Robe es de educación muy tradicional, y nunca consideró importantes los estudios universitarios que Anna estaba cursando: a fin de cuentas, si él no tiene estudios, la futura madre de sus hijos no los necesita para nada. No obstante, Anna siempre ha soñado con tener su propio negocio, con crear una empresa, y entre limpieza y limpieza de casas ha continuado estudiando la distancia, volviendo cada verano a su ciudad de origen para examinarse en su universidad, no sin antes discutir con Robe, que lo consideró siempre un gasto innecesario y caprichoso de su novia.

Es posible que la ambición de Anna no nos parezca excesiva, pero Robe y su familia siempre la ha considerado una extravagancia fruto, según ellos, de una locura que le ha dado, queriendo ser "moderna" cuando lo que está mandado es que sea una mujer de su casa. Yo creo que Robe en realidad admira la perseverancia y capacidad de trabajo de su novia, y teme no dar el nivel necesario para que ella se quede a su lado.

Y creo que también por eso ha intentado obligar a Anna a "entrar en razón" y en ese esquema tradicional que le asegura que su mujer siempre caminará un paso por detrás de él, intentando "domesticarla" mediante las técnicas típicas de sometimiento psicológico: ridiculizacion en público, limitación de contactos y aislamiento del entorno, censura del aspecto físico, control de los recursos económicos... En fin, lo necesario para conseguir que una persona de mucha valía se considere a sí misma, incomprensiblemente para quienes la rodean, una auténtica estera de baño.

Pero ayer Anna estalló tras una discusión con Robe; fue una discusión habitual entre ellos, debido a que Anna quería ir en avión a ver a sus padres durante estos días de vacaciones, y Robe no quería gastar tanto dinero. Anna sintió que a Robe no le importaban, una vez más, sus necesidades, y pensó que ella, con todo lo que trabaja, se merecía una recompensa de vez en cuando; a fin de cuentas, en estos tres años han conseguido comprarse dos pisos en su país, el doble de lo que pensaban, y ya podrían emplear de vez en cuando algo de dinero en ellos mismos.

Anna no se calla nunca, siempre dice lo que piensa, aunque le esté hablando a un hombre. Incluso, aunque le esté hablando a su hombre. Así se lo enseño su madre, que fue quien le metió en la cabeza esas locas ideas de que una mujer puede tener los mismos derechos que un hombre. Y estalló entre la pareja una gran discusión, con gritos y amenazas.

Al día siguiente, Anna llegó a trabajar a casa de mi madre con los ojos rojos. No había dormido en toda la noche,  lloraba de forma incontrolada y no entendía por qué, ya que otras veces habían discutido por motivos parecidos y nunca había llorado así. Esta vez, eran lágrimas antiguas, no lloradas cuando nacieron, acumuladas en un dique dinamitado por la última discusión.

Se vio en el fondo de un pozo, se dio cuenta de que nunca podría hacer lo que ella había planeado para su vida, y que el abandono de su sueño era lo que peor la hacía sentir. Mucho peor que la forma en la que Robe le había hablado la noche anterior. Y supo que si en ese momento no tomaba una decisión, ya no lo haría nunca, y que la responsabilidad sería suya.

El mismo día que Ricky Martin salió del armario, el mismo día que se culminó con éxito la primera colisión de protones en el acelerador europeo de partículas, el mismo día que a Matas le fijaron la fianza de tres millones de euros... ese día marcó la vida de muchas personas. Anna dejó a su novio.

No se puede pretender apagar una voluntad. Intentar domesticar una personalidad es un arma de doble filo. No preocuparse por las necesidades de las personas que te quieren, es cerrar el grifo de su cariño.

Hala, a seguir viviendo.

jueves, 28 de agosto de 2008

Mujer en apuros ¿hombres amables?... No siempre

Gracias a mi mudanza, últimamente me he encontrado en muchos apuros, de naturaleza física la mayoría de veces, al tener que cargar con cosas que superan mis posibilidades. Casi siempre he tenido la suerte de contar con la ayuda de algún hombre, que siempre és más fuerte que yo, por mucho que se trate, incluso de hombres de envergadura muy inferior a la mía (soy bastante grande), o de edad avanzada. En ocasiones, se ha tratado de ayuda previamente concertada con familiares o amigos... otras veces, auxilio prestado por hombres que se encontraban ocasionalmente cerca del lugar en el que yo andaba luchando con una estantería, un cajón grande o cualquier cosa pesada de las que se ponen en una vivienda.

Un día, fui a comprar yo sola a Ikea, con la pretensión de comprar varias estanterías... ¡qué ilusa!... compré solo una, a la vista del tamaño del embalaje, el cual, a pesar de haber medido previamente mi mini-coche, lo tuve que transportar con una esquina empotrada entre el espejo retrovisor interior y mi yugular... Pues para cargarla, en vista de que se me debía de ver absolutamente incapaz de hacerlo, se acercaron unos empleados de chaleco reflectante que hay en el parking de Ikea ocupándose de organizar y recoger continuamente los carritos, y la cargaron en el coche con la misma facilidad que se mete una postal en un buzón de correos... Y al llegar a casa... un amigo tuvo que ayudarme a bajarla del coche :-)

Hoy me he mercado de segunda mano una cómoda para mi dormitorio... Es enorme, pero me ha salido a la mitad de su precio en Ikea, y encima montada. He ido a recogerla a un barrio muy popular y populoso de mi ciudad, y al llegar al timbre me ha dado un poco de mieditis: el vendedor, con el que había hablado por teléfono dos veces, es un brasileño que se va a su país ahora, y se deshace de muebles prácticamente nuevos; cuando he llegado al descansillo de su piso, la puerta que me ha indicado parecía que hubiera sobrevivido a una grave catástrofe de lo descuidada, sucia, vieja y rota que estaba... y de repente he pensado "debería haber venido con algún hombre" y me he sentido como Caperucita Roja cruzando el bosque al encuentro del Lobo Feroz. Pero al abrir la puerta me he encontrado con una mirada muy amable (aunque vete tú a saber), unos ojos azules preciosos, y un chico que con acento brasileño me saluda por mi nombre y me dice "tengo aquí fuera la cómoda, para que no tengas que sacarla del dormitorio"... "¿vienes sola?... no vas a poder con ella, si quieres te ayudo..." Qué amable ¿verdad? "Uf, pues me vendría muy bien, porque yo puedo con ella, pero muy poquito a poco, y con la que está cayendo me voy a deshidratar... " Le digo... Y él coge carrerilla: "hasta donde vas a llevarla, igual te puedo acompañar". Me acordé de Caperucita y de la sensación de cinco minutos atrás... "Uy, no, gracias... si al llegar a casa he quedado con mis hermanos, el mayor y el pequeño, que me la van a descargar..." Si, si... mis hermanos... las ganas. Para empezar, solo tengo uno, pero viste más en estos casos hablar de "mis hermanos" (como lo de "mis abogados"). Y para terminar, mi único hermano, que estaría encantado de ayudarme, estaba a esas horas currando como una bestia. Pero mi suerte no se había acabado, porque al llegar a casa me encontrado con un vecino muy amable que he conocido, y con el portero de mi edificio, que también es un encanto de hombre, y entre ambos me han llevado la cómoda a casa. :-)

Y es que en esos casos, en que la diferencia física queda de manifiesto, porque también entre mi portero y mi vecino han cargado la cómoda como si fuera el triciclo de un niño, se agradece mucho la amabilidad masculina con las mujeres en apuros.

Sin embargo, no he tenido la misma suerte (y me pregunto por qué será) cuando el apuro que sufro no tiene relación con la fuerza física, sino con los conocimientos técnicos. Concretamente, con los conocimientos relativos a la electricidad, instalación de repisas, etc. En este campo, salvo muy honrosas excepciones de hombres que se han tomado muchas molestias para echarme un cable, el resto ha aprovechado mi falta de conocimientos para tener una actitud prepotente hacia mí, obligándome, por ejemplo, a ir dos veces a la misma ferretería a comprar algo que no sabía que necesitaría pero que el ferretero, evidentemente, sabía que me haría falta.

Desde luego, que no se puede pretender que la gente corra detrás de tí para ayudarte, pero yo me pregunto ¿si ese ferretero hubiera sido mi vecino, mi portero o el vendedor brasileño, me habría ayudado a cargar un mueble?... Creo que sí, que no le habría importado ayudarme, porque la sensación que tuve fue que, al no tratarse de un campo en el que la superioridad masculina es evidente, sino de una actividad que requiere, amén de cierta habilidad manual, unos conocimientos técnicos, la única forma de mostrarse superior a mí era justamente la contraria a la de ayudarme: al volver por segunda vez quedaba claro que "esta lista" que viene a comprar enchufes y cables, no tiene ni idea de lo evidente, que necesitará tornillos y tacos para sujetarlos a la pared.

En fin, mi cómoda está en el dormitorio y mis enchufes están puestos, con o sin ayuda. Y el ferretero ha perdido un cliente.

martes, 8 de julio de 2008

El poder de la maledicencia

Hoy, hablando con mi madre acerca de un matrimonio que viene siendo amigo de la familia desde que yo recuerdo, hemos comentado acerca de la vida tan infeliz que llevan: tienen dinero suficiente para cubrir sus necesidades, cinco hijos sanos y bien posicionados, y salud para disfrutar de todo ello. Sin embargo, sus relaciones familiares están emponzoñadas desde siempre, y la pareja totalmente rota. Hubo un día en que esas dos personas se conocieron, se gustaron y decidieron casarse. Pero la maledicencia sembró la semilla de la desdicha.

Él provenía de una familia sin necesidades, y era hijo único, pero su padre estaba marcado por el régimen anterior; nunca supimos a ciencia cierta el motivo, porque era un hecho que se ocultaba o, por lo menos, no se hablaba abiertamente. Su madre fue, para compensar, una mujer muy emprendedora y trabajadora que sacó adelante a la familia, consiguiendo amasar un dinerito y criar a su hijo muy bien acostumbrado.

La familia de ella era, sin embargo, de origen muy humilde. Su madre fue también su fuerza motriz, pero su origen humilde, el hecho de que no llegara nunca a casarse con el padre de sus hijas, que éste desapareciera (dicen que murió, pero no es una información fiable) tras la guerra, y de que ella no fuera, como su consuegra, una avispada comerciante, hizo que la familia no prosperase tanto.

Ella era una chica muy guapa, con mucho éxito con los chicos, y que trabajaba como administrativa. Tenía varios pretendientes cuando conoció al que luego fue su marido, y en particular hubo uno del que ella siempre habla, que la rondaba seriamente.

Él era un tipo apuesto, bien parecido y, sobre todo, bien colocado socialmente; muchas lo buscaban como marido en una época en la que casarse resolvía el futuro de una mujer. Ella deseaba mejorar de posición, él quería una muñequita linda como la del bolero.

Y se hicieron novios. Corrían los años sesenta y su relación evolucionó hasta la proposición de matrimonio. Se organizó toda la boda para celebrarse en la ciudad de la novia, como manda la tradición. La familia de él se trasladó allí unos días antes para asistir a la ceremonia y al convite, todo ello muy bien preparado como correspondía al nivel de la familia de él, que no reparó en gastos para suplir la carencia económica de la familia de la novia.

Todo apuntaba bien... Pero dos días antes de la boda, un conocido del novio se acercó a éste y le puso en antecedentes acerca de la catadura moral de la madre de la novia. No es que lo supiera a ciencia cierta, pero era lo que se comentaba por la zona: al parecer, no es que el padre de la novia desapareciera tras la guerra, es que nunca fue conocido ni siquiera por su futura suegra.

Esta información fue recogida por el novio, que no dijo ni una palabra a nadie. Pasó por encima de todo ello y siguió adelante con el enlace. Es posible que no le importara, que amara a su novia por encima de todo. Es posible que pensara que, al fin y al cabo, su familia también tenía cosillas que esconder... O es posible que no se viera capaz, a dos días de la boda, de poner de manifiesto semejante barbaridad como motivo de una ruptura, porque ello equivaldría a decir que había estado siendo novio de una chica licenciosa... de tal palo tal astilla, vamos.

El enlace siguió adelante, pero nunca el matrimonio estuvo bien avenido. Ella no se sentía querida, él intentó por todos los medios aislar a su mujer de su familia; quizá algún día hablaron explícitamente de todo ello, y ella asumió que su marido tenía razón. No porque su madre fuera de moral dudosa, que ella sostiene que nunca fue así, sino porque la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino parecerlo. Lo que sí es seguro es que ella permitió ese distanciamiento, quizá por conservar esa posición social recién adquirida y una vida mucho más cómoda, alejada del trabajo en una oficina y dedicada al cuidado de la casa y los hijos, como tenía que ser.

Después de casi cincuenta años de matrimonio, él vive en una casa y ella en otra. Ella le acusa de haberle arruinado la vida, de haberla humillado, ninguneado, ignorado y torturado psicológicamente. Y se acuerda de aquel pretendiente, entonces un chico de oficio simplemente, que ahora es un constructor adinerado; se pregunta si a su edad sería posible enamorarse de nuevo, si cabe para ella un nuevo comienzo.

Los hijos se han educado en el desprecio recíproco que sus padres se demostraron continuamente, no con palabras, con hechos. Piensan que su madre es una histérica, creen que su padre es un tirano. Pero un tirano con dinero, así que al final, se conchaban con éste para impedir que su madre se divorcie, chantajeándola emocionalmente, incluso amenazándola con un "si pides el divorcio, conmigo no cuentes para nada".

Ella, para intentar exorcisar sus demonios, ha empezado a contar toda la verdad de su matrimonio, que en mi familia sospechábamos hace mucho tiempo a pesar de los intentos vanos de ambos de aparentar lo que no eran: una pareja feliz y adecuada a las normas sociales. De vez en cuando tiene sus bajones, y le cuenta su desgracia a mi madre. Otras veces, viene a mí para que le prepare el divorcio. A mi madre le explica lo mal que la ha tratado siempre su marido, aunque ella siempre fue muy sufrida por aquello del qué dirán. A mí, como me ve sola con un hijo y, según ella, guapa y joven (siempre se agradece), me habla de su pretendiente y de lo mucho que ella lo quería, y de cómo se dejó deslumbrar por su marido, y de su médico que la mira mucho...

Pero últimamente parece que la cosa pasa a mayores, porque ha llegado al núcleo de la cuestión y origen de todos sus males: su marido jamás perdonó aquella información que recibió casi en el altar. Casi medio siglo después, todavía se escucha el eco de aquella voz venenosa que pronunció una sentencia fatal, y que debió ser algo así como... "no quisiera yo ser la causa de un problema, bien sabe Dios, a tan pocas horas de tu boda, pero creo que debes saberlo y es mi obligación como amigo tuyo el decírtelo aunque me pese: se dice que la madre de tu novia no es trigo limpio, y que no conoce al padre de tu novia, ni al padre de tu futura cuñada..."

¿Qué habría sido de la vida de estas personas sin ese "favor" de ultima hora? ¿qué ventajas obtuvo el autor de tamaña barbaridad, a parte de sentir el placer morboso de ser portador de malas noticias?

Es el poder de la maledicencia. Ojalá siempre podamos escapar de ella.

sábado, 28 de junio de 2008

La "Corchos"

Ayer tuve una mañana de perros: tuve que ir al Notario, pasar por la oficina de un cliente para terminar un escrito, y luego ir al Juzgado para ver dos expedientes.
Hacía un calor increíble, y la ciudad estaba llena de coches. Como ando últimamente un poco desconcentrada, me perdí y di más vueltas que una peonza y, al final, me ví metida en un atasco morrocotudo. El personal estaba desquiciado con el calor, los humos y la hora de comer acercándose; los peatones se lanzaban a cruzar antes de que el semáforo les diera paso, aprovechando que los coches estaban parados, intentando así estar el menor tiempo posible expuestos a la solanera que estaba cayendo... los coches estaban tan atentos a aprovechar la más mínima posibilidad de avanzar medio metro que no se fijaban en si había peatones cruzando... amagos de atropello, de colisiones por alcance, el lorenzo cayendo a plomo, los tubos de escape lanzando más calor aún... agotador.
Por fín llegué a los Juzgados, y el calor se atemperó un poco, pero no mucho. Tenía que ir a la séptima planta y, desde luego, no estaba dispuesta a subir por las escaleras en esas condiciones, así que llamé al ascensor, que funciona fatal y tarda mucho. Pero con tal de no subir, prefería esperar media hora si era necesario al ascensor.
Junto a mí, a mi izquierda, esperaba otra persona, un hombre de unos 65 años aproximadamente, bien vestido y con unos papeles de Juzgado en la mano. Deduje que era abogado, porque los procuradores suelen llevar carpetas con muchos más escritos, y no era un particular porque se movía con familiaridad en el edificio.
Entonces apareció ella, una abogada de unos... ¿cincuenta años?... luego me enteré de que tenía sesenta (muy bien llevados). Rubia, con mucha "personalidad" y muy marcada. Llevaba un vestido veraniego oscuro, con falda de vuelo que movía con mucha gracia, y unos taconazos de los de infarto. Iba caminando con paso muy resuelto, seguida por dos personas, a las que iba explicando en voz muy alta y con acento sureño lo que iban a hacer ahora, y qué paso era el proximo en el procedimiento. Llevaba una carpeta en un brazo. Sin duda, era una abogada.
Se sentó con sus clientes en el banco inmediatamente detrás nuestra, y entonces reconoció al hombre que esperaba junto a mí el ascensor. Se acercó a él dando saltitos y le dio como una especie de achuchon-abrazo, y abriendose también un poco hacia donde yo estaba de manera que me hacía partícipe de lo que iba a decir, soltó... "Hombre, qué tal!... Qué gusto verte... ¿sabes lo que hacen las mujeres de la cárcel de (no se donde dijo, un lugar)?"... y el hombre contestó con un lejano acento sudamericano: "Hola... pues no, no lo sé, dimelo tú". "¡Les enseñan las tetas! ¿qué te parece? ¡las tetas!... y están ¡que se suben por las paredes!..." Y se rió de forma escandalosa, volvió al banco, recogió su carpeta y a sus clientes y tomó el pasillo de la izquierda caminando como llegó: con mucho aire, moviendo las caderas y hablando y riendo en voz muy alta.
El señor a mi izquierda me miró como interrogante... pensé que buscaba algún comentario mío, así que le dije... "tendrán calor las pobres"... Pero entonces me di cuenta de que lo que buscaba en mí era cuál era mi opinión sobre el abordaje que le había hecho la rubia abogada escandalosa, como si quisiera excusarse. Y entonces, me contó que él era abogado, peruano, que había llegado a este pais en verano de 1975, y que la conoce desde entonces... que siempre ella había sido así, muy bromista, y que incluso él le había retirado la palabra durante tres años debido a que, yendo con su esposa, habían coincidido con ella en dos ocasiones y ella lo había puesto en un aprieto ante su señora: una vez le echó mano al paquete y otra le había plantificado un beso en la boca, lo cual le ocasionó sendos problemas con su mujer.
Y me contó que ella, que ya es abuela y no volverá a cumplir los sesenta, está ahora un poco más moderada, pero le gusta provocar a la gente y es feliz así. De joven, la llamaban la Corchos, porque hubo una moda de zapatos con plataforma de corcho que ella siguió como una buena fashion victim: al parecer llevaba unos zapatos que era más fácil hundir un petrolero que a ella.
Me resultó simpática la situación y los personajes, así que se me alegró un poco la mañana. Y la Corchos, pues tan feliz que iba por el Juzgado, haciendo su trabajo, riéndose de la vida, bromeando a los colegas y, sobre todo, poniéndoles en evidencia frente a terceros, que es lo que le gusta. Y eso que según este señor, ya está mucho más moderada. Será la edad.

lunes, 23 de junio de 2008

Lugares comunes

Siempre me ha maravillado cómo la mayoría de los hombres, aficionados generalmente al fútbol, no necesitan buscar un tema de conversación para iniciar una charla en cualquier parte con otro hombre: entran en un bar, y comentan del partido de ayer, adquiriendo en décimas de segundo el tono que se emplea cuándo se habla con alguien conocido de toda la vida, y dando por sentados y sabidos determinados temas ... Hoy, que he tenido que ir a hacer unas gestiones, al entrar en una cafetería a tomar un café, he presenciado la conversación generalizada que se iba desarrollando entre el público que entraba, mayoritariamente hombres, sobre la victoria de ayer de la selección española. Y es que los partidos de la selección los ven incluso quienes no son aficionados al fútbol, por lo que el día después la charla es monotemática. La conversación sobre fútbol es un lugar común para una charla masculina.

He llegado al Juzgado y, al ir a presentar un escrito, delante mía había una mujer presentando varios escritos; probablemente era procuradora. Iba escoltada a cada lado por un niño, de una edad aproximada entre siete y nueve años respectivamente. Mientras ella organizaba las copias y la funcionaria le sellaba los escritos, los niños le iban diciendo... "mamá, mamá, y ahora ¿a dónde vamos?"... La madre les iba respondiendo... "a otro sitio, y luego ya, nos vamos a casa y bajamos a la piscina".

Al marcharse y tocarme el turno a mí, la funcionaria no pudo evitar mirar de reojo a la procuradora que se marchaba con su corte infantil, y arqueando las cejas y levantando la mirada con un gesto de resignación y media sonrisa en la cara, parecía que estuviera pensando... "ay que ver, esta pobre, que se tiene que traer a los niños a trabajar con ella... como es verano y se ha terminado el cole.. si es que.."

Cuando dirigió la mirada hacia mí, le dije... "... si es que así no se puede, tenemos que estar en todos los frentes"... La funcionaria, sin perder esa sonrisa resignada, me decía: "uy, si es que tenemos que hacer de todo, en cambio... siempre se libran, no sé cómo lo hacen". Y yo: "esto nos pasa porque al final, terminamos haciéndonos cargo de las cosas; si no las hiciéramos, otros correrían para hacerlas"... Y así, tuvimos una breve charla sobre las excesivas funciones de la mujer que asume un rol de profesional o mujer trabajadora: madre, esposa, currante, mientras que los hombres han visto ampliadas sus tareas, pero proporcionalmente menos que las mujeres.

Y entonces me di cuenta de que estaba hablando con ella como si la conociera de toda la vida, y que estaba dando por sentados y sabidos determinados temas... Siempre es fácil mantener una charla con una absoluta desconocida si el tema de conversación es la sobrecarga de trabajo de la mujer, y el escaqueo masculino. Por lo que se ve, es el lugar común de las mujeres ¡qué cosas!

jueves, 12 de junio de 2008

El vértigo de la vida.

Hoy he estado reflexionando, entre escrito y escrito, en el miedo que tenemos las personas a abordar nuevas etapas en nuestra vida.
Ando dándole vueltas los últimos días y cavilando sobre ello, me he dado cuenta de que yo andaba un poco "dormida en los laureles", porque llevo varios años en una situación muy cómoda, y especialmente el último año: hace cuatro años, me separé y me trasladé de ciudad, llevándome a mi hijo conmigo a vivir a casa de mis padres. Ni que decir tiene que me ha venido de perlas, sobre todo al principio, porque lo que necesitaba yo en esa ruptura era un poco de tranquilidad y seguridad. Si a eso se añade el soporte logístico que aporta una madre de las de antes... miel sobre hojuelas. Pero además, si tenemos en cuenta que durante los últimos catorce meses he disfrutado de una relación con un hombre muy estimulante que, además, no me suponía renunciar ni a mi comodidad del hogar familiar, ni a mi tiempo con mi hijo, ni a mi trabajo...


Sin embargo, hoy me he puesto a reflexionar en mis miedos y en mi situación, en por qué la estoy dilatando.


Hasta ahora, tenía motivos para permanecer en casa de mis padres: mi hijo era muy pequeño, mi trabajo muy acaparador y yo saliente de una ruptura que me ha tenido en "orsay" casi dos años. Sin embargo, pensé ¿realmente ahora son obstáculos invencibles o es que estás muy cómoda? Ahora mismo, la verdad es que mi hijo ya tiene seis años y no es un bebé, cuento con mi madre para seguir echándome una mano con él, y yo estoy francamente recuperada de mi ruptura hace ya mucho tiempo.


¿Qué sucede entonces? Vértigo. Eso es lo que pasa. Me he sentido, de repente, como me sentí la primera vez que me "emancipé". Me he dado cuenta de que lo que me pasa es que me da miedo de nuevo asumir toda la responsabilidad que supone llevar una casa. Y me he dado cuenta, también, de que tengo un compromiso con mi hijo que no puedo postergar: necesita su casa. No es que esté mal con la abuela, es que si le pides que te dibuje a su familia, pinta a dos madres. Ya está bien de hacer de vice-madre (mi madre es la jefa, claro) cuando no hay, realmente, necesidad de ello. Las situaciones transitorias no se pueden mantener eternamente; eso también lo he aprendido recientemente.


Agradezco infinito a mis padres el cable que me han echado. Ellos lo saben. No podría haber sobrevivido sin su apoyo. Pero, como decía una amiga "una mujer tiene que hacer lo que una mujer tiene que hacer". Y yo tengo que buscar un piso y construir un hogar para mí y mi hijo, porque él y yo somos una familia.


Cierto es que llevo desde comienzos de año preparando este momento, porque parte del mismo lo he centrado en conseguir elevar mi nivel de ingresos para poder tomar esta decisión con un poco de más tranquilidad, de forma que, aunque me tenga que recortar el presupuesto de ocio, sea algo llevadero. Pero me había inventado ya no sé qué excusa (tan absurda seguro, que ni la recuerdo) para retrasar la decisión hasta fin de año. Ha sido la reflexión sobre el miedo ajeno a la vida lo que me ha hecho ver mi propio bloqueo.


Así que, llegada a este punto y con esa determinación en mente, justo después de hablar con un amigo y antes de irme de la oficina, sin pensarlo dos veces para que no se me pasara el ataque de valentía, he llamado a un amigo que tiene una agencia inmobiliaria para que me busque un piso majo; esta era la llamada que iniciaba el camino sin retorno, porque sabía que este amigo, que me quiere mucho, está esperando mi llamada desde hace tiempo. Y sabía que me diría lo que me dijo: "Tengo tu piso ideal, se queda libre a mediados de julio: dos dormitorios, con un amueblado precioso, dentro de tu presupuesto y, sobre todo, muy cerca de tu madre ;-)"


Qué vértigo y qué bien me siento. El miedo es prudente, en tanto que nos ayuda a meditar nuestros próximos pasos, pero no puede paralizarte en la vida porque, lo que es inevitable, es que la vida pasa y no por quedarnos quietos el tiempo se detiene.

Es el vértigo de la vida, como una montaña rusa ¿nos vamos a quedar siempre en el tramo recto del camino que vemos? Nada puede haber tan terrible al otro lado de la curva, solo otra recta.


lunes, 9 de junio de 2008

Hay vida después de China (I)


Acabo de volver de China, donde he pasado 18 días de vacaciones. Aunque todo ha sido muy chocante y estoy un poco desorientada, creo que empiezo a tener perspectiva sobre los últimos acontecimientos de mi vida, y empiezo a sacar unas primeras conclusiones sobre todo lo que mi periplo chino ha significado, que no es poco.

Y no me refiero sólo a lo que es aquel pais, al que creo que no se le puede llamar así, puesto que en realidad es otro mundo, sino a mis circunstancias personales y efectos que el viaje ha tenido en mi vida, que son muchos y variados, y que creo que me permiten aprender un poco más quién soy yo y saber mejor qué es lo que quiero.

Es un viaje muy recomendable, sobre todo si se hace auto-organizado e intentando mezclarse un poco, dentro de lo prudente, claro; así he tenido la suerte de hacerlo yo, gracias a dos amigos que se lo trabajaron de forma minuciosa. No llevábamos guía y negociábamos directamente las compras de los billetes, alojamientos, y excursiones, pero a pesar de ello, sabíamos en cada momento donde estábamos, hasta cuánto debíamos pagar, y cuál era nuestra siguiente estación.

No puedo decir que China sea un lugar bonito o feo... de entrada porque es muy grande y mi viaje fue muy limitado: Pekin, Lou Yang, Xi'an, Chongqing, Shangai. Me veo incapaz de emitir una valoración estética sobre un sistema tan diferente porque sería siempre superficial y banal: todo es distinto y extraño allí, desde los cimientos más básicos de su estructura de pensamiento, y se observa un orden de prioridades que nos resulta ajeno e incomprensible, al menos para mi.

Comer, por ejemplo, no es en sí mismo un hecho importante en su vida diaria, salvo por lo que tiene de sustento al cuerpo, pero se les puede ver comer en cualquier rinconcillo, de pie, sentados o en cuclillas...

No digo que no utilicen la comida para celebrar, sino que de forma cotidiana no celebran la comida. Llegamos a ver a dos chinos comiendo un cuenco de fideos en un telesilla...

De la misma forma, no tienen ninguna atención sobre el aspecto externo de sus posesiones materiales individuales: su coche, sus casas, sus bicicletas... se ven sucias y descuidadas. Sin embargo, los espacios comunes de la calle estan normalmente muy cuidados, son muy utilizados y están atendidos... Tienen una gran aficion por las plantas, los jardines y las piedras con formas caprichosas, a las que colocan en lugares preferentes como si fueran esculturas.

Tampco su relación con el trabajo es como la occidental, ya que ellos parecen no distinguir entre su vida personal y familiar y el trabajo: aunque no llegué a saber si viven donde trabajan o trabajan donde viven, lo que si me di cuenta es de viven trabajando, y son lo que trabajan. No sé si con esto de la globalización llegará el final de ese concepto, o si por el contrario, dada la riqueza y tamaño de ese pais, terminarán dominando el mundo... desde luego, si la conquista se hiciera trabajando, la victoria sería suya.

Las mujeres chinas, por lo menos las de ciudad, son muy femeninas. Se cuidan mucho de que el sol no oscurezca su piel y llevan sombrillas; les gusta llevar bordados, lazos y piezas brillantes en ropa y accesorios. Su combinación de colores no se parece a la que impera aquí, al menos en mi entorno, y pueden calzarse unos preciosos zapatos de charol azul rabioso con un vestido de color verde botella sin ningún elemento que coordine ambos. Lo más llamativo de todo es la atención que prestan a sus pies, ya que de una forma u otra es inevitable dirigir tu mirada a ellos: tacones imposibles, lazos y pedrería, materiales transparentes y dorados. Por otra parte, sus gestos suelen ser de apariencia delicada y tímida, tanto que da una sensación de sumisión un poco escalofriante. Sin embargo, he tenido la oportunidad de ver a alguna un pelín enfadada y no se reprimen nada.

(Auténticos pies de china)


Todo es tan distinto, y sin embargo, su vida es tan igual a la nuestra... Yo me tengo por ser una persona muy adaptativa, pero aún no cierro mi boca de asombro al comprobar como ciertos elementos que integran de forma incuestionable mi forma de vida, en realidad no lo son.

Este viaje no solo me ha aportado lo que se deriva de visitar jardines, palacios y templos, sino que me ha permitido hacer una pequeña introspección de mi forma de vida y encontrarme con una estructura que, por haberme sido obvia hasta ahora, conocía. Supongo que para un antropólogo todo esto es una perogrullada, claro, pero a mí me ha hecho sentirme extranjera de verdad por primera vez en mi vida: cuando nuestro avión llegó a Frankfurt ya me sentía como en casa, y eso que nunca he visitado Alemania.

Claramente, soy occidental, y ahora sé qué es lo que significa esa palabra.

lunes, 12 de mayo de 2008

Doña Pasión

Doña Pasión... sí. La llamaré Doña Pasión, está decidido. Durante toda la semana vengo pensando en personas que me hayan calado en algún sentido para hablar de ellas en este blog y dejar mi memoria sobre ellas en este soporte virtual. Son muchas personas, la verdad... Mi historia está llena de individualidades ejemplares por algún motivo, y tengo múltiples registros porque, no en vano, mi religión es esa: creo en las personas y por eso, me fijo muy bien en aquellas que conozco y que tienen algo especial.
Hoy quiero dejar constancia de una amiga y compañera a la que le gusta firmar como K., pero a la que llamaré doña Pasión, porque todo lo hace así, con pasión. Y le da lo mismo ocho que ochenta, y lo que digan los demás, y si está bien o mal a los ojos del mundo: ella lo vive todo con el alma y el corazón.
Y no es mal sistema, porque esa forma de actuar no significa que frivolice y vaya sólo a lo que a ella le place; mucho se yerra sobre esta cuestión, ya que una persona que se precie, y sobre todo, una mujer que así se llame a sí misma, tiene su pasión ocupada en primer lugar por sus responsabilidades ¿por qué? Porque una mujer cabal tiene solo las responsabilidades que quiere tener, y por tanto, las atiende con toda su alma. Porque son obligaciones voluntarias y deseadas.
En este caso, esta doña Pasión tiene dos compromisos diminutos, niña y niño, que le han hecho vivir sus obligaciones para con ellos con una entrega admirable, manteniéndose además, pendiente de las necesidades del autor de sus miniaturas, y de las de su tribu de familiares y amigos, entre los que me incluyo. Y nunca, nunca, nunca se ha quejado de atender a sus obligaciones. Y por mucho que le hayan generado situaciones incómodas, trabajosas o cansadas, siempre la he visto asumir sus deberes con fuerza, con alegría, con pasión... siempre con pasión.
Y si ha tenido que salir corriendo, sin resuello, todos los dias del trabajo para recoger a su niño y a su niña, volando literalmente, lo ha hecho como lo hacemos todas... pero con una sonrisa... con un "es que mi niño me está esperando, está esperando a su mami..."
De esta persona he aprendido a que las obligaciones hay que cumplirlas con el mismo apasionamiento con el que se adquieren los compromisos de los que derivan, porque están hechas de la misma materia. Gracias amiga.

lunes, 24 de marzo de 2008

Mujeres en pie de guerra


Esta Semana Santa he estado arreglando mi casa, una que tengo alquilada en una bonita ciudad a media jornada de distancia de la villa y corte, porque mis antiguos inquilinos decidieron re-emigrar a Argentina al haberse recuperado la situación económica de su país. Fue un trabajo duro, porque al tratarse de una mudanza a ultramar, la familia "saliente" se tuvo que dejar media vida en mi casa. Menos mal que tuve la ayuda de F. y logramos desechar lo que a ellos no les dio tiempo, y además, darle una mano de pintura a la casa.

Estando metidos en faena, con el flequillo salpicado de temple y enarbolando el rodillo con alargador telescópico, sonó el teléfono y me habló una mujer: "Hola, me llamo M. No me conoces, pero me ha dicho mi cuñada que alquilas un piso de dos dormitorios"... La información ya había circulado por la zona: precio, ubicación y numero de dormitorios.

Me preguntó que cuándo podía ver el piso y como ibamos a estar allí de todas formas, le dije que inmediatamente, si quería: tardó veinte minutos en llegar a mi puerta, a la que llamaron dos mujeres que aparentaban veinticinco y cincuenta y cinco años, respectivamente. Luego supe que tenían diecinueve y cuarenta y dos... La vida es dura para algunas personas.

Antes ya de entrar, la más joven me aclaró que eran madre e hija, que el piso lo alquilaría ella, que ella lo pagaría, que aunque era muy joven tenía nómina y que me la podía enseñar, que su madre estaba recién separada, que era la segunda vez que le pasaba, que ella tenía que ayudar a su madre... uf... Aún no había pisado la casa y me había lanzado una ráfaga de información que, unida a una mirada concentrada, me hizo sospechar que me econtraba ante dos mujeres en pie de guerra.

Las hice pasar para enseñarles la casa, pero en realidad, ellas solo querian comprobar que tenía lo esencial: paredes, techo, suelo, ventanas con cristales... un sofá, una cama, una cocina, un aseo... agua corriente, luz eléctrica... Yo les iba contando lo bonita que es la casa, lo agradable que es vivir allí, lo luminosa que es, la vista tan bonita que tiene... les explicaba lo que había y cómo funcionaba... el friegaplatos, el aire acondicionado... ventanas dobles, puertas de roble... ellas iban detras mía asintiendo a todo y quitándole importancia a todos los peros que yo misma le iba poniendo a la casa al tiempo que la enseñaba.

Sabían de antemano que el precio era bajo, porque esa información circuló junto con la vacancia del piso, en realidad, solo esperaban a que yo les dijera sí o no. Cuando terminé la exhibición del piso me hicieron la gran pregunta: "¿... y cuándo podríamos entrar?". Yo les contesté: "me voy el domingo a Madrid, en esta semana dejaré pintado el piso. Podeis entrar el mismo domingo".

La mujer de más edad rompió a llorar en ese momento. ¡Estaba tan nerviosa!: el piso es bonito, y es algo que pueden pagar; los alquileres están caros, y los sueldos son bajos. Y para una mujer que se ha dedicado a su casa, es difícil remontar la crisis de un divorcio hasta que no encuentra trabajo. Mientras, su hija, me decía "discúlpala, es que lo ha pasado muy mal, y es la segunda vez que le pasa. Tenemos que salir adelante como sea, y necesitamos una casa; estamos viviendo en una habitación las dos juntas, en una casa de una amiga que además nos quiere cobrar doscientos euros para terminar el mes, a pesar de que acordamos que yo compraría la comida y mi madre limpiaría la casa a cambio del alojamiento. Yo tengo dos trabajos, y mi madre empezará la semana que viene...".

Y continuó "Podemos darte un mes de fianza ¿será suficiente?". Les expliqué que si me dejaban de pagar, un mes de fianza no me arreglaba nada; les expliqué que para mí, aquella casa es todo mi ahorro. El mío y el de mi hijo. Que si dejaban de pagarme tendría que ir a por su desalojo como fuera.

Les expliqué que yo pedía un alquiler barato porque lo que quiero es que me paguen todos los meses, no que me paguen mucho cada mes. Les expliqué, en definitiva, que yo también soy una mujer en pie de guerra, que tuve que dejar mi casa al separarme para irme con mi hijo a vivir a otra ciudad... para irme a sobrevivir a otra ciudad.

Y les expliqué, en definitiva, que como ellas bien saben, una mujer en pie de guerra no tiene piedad cuando llega el momento de defender lo que es básico. Me descubrí, hablando así, capaz de ser muy dura; pero ellas, lejos de amedrentarse, me agradecieron la sinceridad, porque saben lo que es la lucha por salir adelante cuando todo se te vuelve en contra, y saben perfectamente que una fianza no las iba a proteger.

A mí (y creo que a F. también) me hizo ilusión comprar una mesa nueva con cuatro sillas que ni habían echado en falta en su visita, y estaba deseando ver su cara cuando vieran lo chula que había quedado la casa después de pintarla y limpiarla. El domingo se instalaron con dos bolsas de viaje y un compra de comida.

Espero que nos vaya bien a las tres, y que podamos dejar de estar en pie de guerra. Es muy cansado rehacer la vida continuamente, y es ilusionante pensar que es posible un intercambio justo y satisfactorio para todas las partes sin necesidad de perseguir siempre el lucro personal. Ojalá no me haya equivocado, pero si no sale bien esto, creo que el riesgo habrá merecido la pena.




jueves, 31 de enero de 2008

Personas interesantes... para lo bueno y para lo malo

...La vida está llena de personas interesantes, y mi trabajo me permite conocer a muchas de ellas, ya que mi trabajo surge cuando hay algun problema legal, y veo a la gente cómo reacciona en situaciones de todo tipo, pero casi siempre límite. Y... ¡guau! como cambian las apariencias... de tigre a gato, y de boquerón a tiburón... hay de todo. Me gusta hacer un seguimiento y ver cómo gestiona la gente un problema vital grave... por eso creo que soy tan aficionada al derecho de familia... Y cuando veo a una persona que lo hace bien, me reconcilio con el género humano y me voy a dormir tan feliz... y cuando me encuentro a una hiena humana intento anotar lo que no-no-no quiero ser en esta vida, y disfruto si esa persona acaba encontrando un pago con la misma moneda.

Un caso: un divorcio. Ella es la hiena; una auténtica hiena, lo aseguro. El es un bendito... tendrá sus cosas, como todo, pero buena persona que se cae. Se trata de personas de clase humilde, pero han conseguido tener una vivienda en propiedad, y la hipoteca ya está pagada. Ella siempre se dedicó a las tareas de su casa, pero de un tiempo a esta parte (unos tres años), ha perdido la cabeza: tiene a los hijos criados como quien dice (el pequeño tiene 16 años) y se ha quedado "prendada" del hermano de su propio esposo... Puf, un drama familiar en toda regla. El reaccionó con tranquilidad y propuso un divorcio de mutuo acuerdo. La respuesta de ella fue entrar y salir de la casa como si fuera una quinceañera sin hora de recogida, y dedicarse a machacar literalmente al marido con frases del tipo "mucho me vas a tener que pagar para que me divorcie" y "yo te veré en la calle pidiendo"... perlitas así, de buen rollito, vamos. En sintonía con este espíritu "rejuvenecido" que la ha invadido, ella no quería la casa, quería la pasta por su
mitad de la casa. Y por supuesto, queria que todos los gastos los pagara él, y que a ella le saliera "por la patilla", de gratis total, vamos.

Pues hoy, la hiena se ha encontrado con... ¿el buitre?... Si, así es. Con su propia abogada, del turno de oficio, de la que presumía porque la tenia a su disposición sin pagar un duro... " a ver qué te vas a creer, que yo te voy a ver en la calle y sin pagar un duro... mucho me vas a tener que dar... etc, etc". Pues su abogada, aplicando un estricto criterio profesional, hoy le ha comunicado que va a tener que cobrarle unos 1.200 €... claro, porque su designación del turno de oficio abarca el procedimiento de divorcio, pero no la disolución de la sociedad de gananciales que-no-es-lo-mis-mo, ni mucho menos... por lo tanto, si la disolución de los gananciales no la paga el turno de oficio ¿quien la paga?... claro, que eso se lo ha dicho una vez que estaba firmada la escritura de disolución y la ha visto con el talón bancario entregado por el marido... con lo contenta que estaba porque le iba a salir todo gratis... Ahora, es el turno de los buitres. Dicho sea con el debido respeto, porque esta compañera ha hecho su trabajo, además lo hizo muy bien, y tiene derecho a cobrar por ello.

¿casualidad?... no lo sé, pero me gustaria pensar que es el destino y que, al final, cada hiena se encuentra a su buitre particular, y la carroña del carroñero es alimento de otros carroñeros.

viernes, 4 de enero de 2008

...Y mi amiga M...

Habitualmente intento dirigirme a las personas con las que tengo que tratar estableciendo contacto visual directo y mostrando una sonrisa amable... una tiende a pensar que así es inevitable recibir una respuesta amable.

Sin embargo hay personas que interpretan el gesto amable como una debilidad, y aprovechan el momento para ejercer el poder que puedan tener sobre tí, unicamente por el placer de sentirse con el dominio: hoy ha intentado subir al bus una mujer joven con un carrito infantil y un niño... El autobús iba lleno y las normas de la empresa dicen se permitirá subir sillas solo si hay espacio, a criterio del conductor... esta facultad ha sido ejercida por el conductor solo cuando ha comprobado que la chica habia conseguido subir ella, la silla, el niño y el paraguas, y espetándole un "¿no ve que va lleno el autobús?, tiene usted que bajarse... abajo, abajo... bájese ya, hombre"... De nada sirvió la sonrisa suplicante de la aspirante a pasajera.

Pues lo mismo sucede en las relaciones personales... a veces, la concesión o el gesto de cariño de una persona hace le acarrea un latigazo del "contrario", que se crece como si fuera un gesto de debilidad; eso le pasa a mi amiga M con su "hombre": cuando él muestra su mejor sonrisa, ella no lo interpreta como debilidad, sino como un paso franco y sincero de avanzar en su relación... y cuando ella devuelve como respuesta una sonrisa, él sube un peldaño en la jerarquia y toma el control de mi amiga M... ella sigue sonriendo, confiando en recibir una respuesta amable... y él sube otro peldaño más... y se instalan en una espiral que termina con mi amiga en el sumidero...

Cuando eso pasa (así ha sucedido ya otras veces), M deja automáticamente de relacionarse con el mundo... se cree su propia debilidad, la que él le hace creer, y no quiere mostrarse así al resto de la gente; pasa de ser persona a ser felpudo. Por eso llevo sin saber de ella desde antes de la Navidad: hoy confirmé mis sospechas y supe que decidió hace un par de semanas "darle otra oportunidad" ... (qué frase tan manida ¿no?).

Supongo que M es todo lo contrario a mi amiga P... o quizá se está comportando como lo hacía P treinta años antes de decidir no seguir sufriendo. Solo espero que no tarde tanto tiempo como P en decidirse definitivamente en convertirse en la medida de su propia vida... En realidad, espero que esta vez él no pase de subir el primer peldaño.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Mi amiga P

Hoy me acordé de mi amiga P... Estos días está en Madrid y quedaremos para tomar un café; no nos vemos desde hace más de un año, pero la tengo muy presente porque suelo llevar un colgante de un delfín que ella me regaló. Tengo que reconocer que no me gustan mucho las joyas y aderezos, y los que llevo suelen ser pequeños y no muy caros, pero casi todos los que uso tienen algún significado para mí.

Es lo que sucede con el Delfín de P., que es un pequeño colgante de oro que representa un delfín enmarcado en un aro... Y me recuerda que no hay momento malo para tomar una determinación seria con nuestra vida si no estamos felices con ella... que no hay edad para re-comenzar o para iniciar una nueva etapa... en definitiva, que la autocompasión no sirve de nada, porque mientras uno llora mirándose al espejo y pensando "qué desgraciado soy", la vida se está pasando.

En el caso de mi amiga P., decidió divorciarse cuando ya rozaba la edad de jubilación (aunque ella, como ama de casa que era, no iba a conocer esa fase laboral nunca, claro)... Se dio cuenta un día de que llevaba demasiado tiempo viviendo amargada, con un marido con el que no era feliz, manteniendo una situación con la que estaba muy a disgusto solo porque había sido el camino que tomó cuando joven... Y pensó que quizá le quedaban pocos años de vida, o por lo menos, pocos años con un estado de salud aceptable... Y decidió que los años que le quedaran de vida, los iba a vivir conforme a su único criterio.

No fue una decisión fácil... Y no solo por la presión social de su entorno (P vive en una ciudad pequeña, con un elevado nivel de control social), sino porque con esa edad, mi amiga P. no había ido jamás a un banco, a Hacienda o a la Seguridad Social, y creía (porque su marido así se lo había hecho creer) que ella era "muy tonta" como para entender los complejos trámites burocráticos que conlleva abrirse una cuenta corriente o hacer la declaración del IRPF.

Pero además, como nunca había trabajado ni tenía ingresos por patrimonio familiar propio, temblaba cuando su marido, al conocer el propósito divorcista de su costilla, la amenazaba con dejarla en la más absoluta miseria: "te he de ver pidiendo en la calle", le decía... Pero ella, erre que erre con su decisión... "que no, que me da igual, que ya me arreglaré, pero que yo no me voy a morir amargada"...

Y para allá que fue... se divorció y le mejoró hasta el cutis. Le quedó un pequeño piso y una pequeña pensión, suficiente para un ama de casa acostumbrada a estirar la asignación que le daba su marido semanalmente para atender a las necesidades del hogar... su ex-marido, que según tengo entendido aún no ha aprendido a plancharse las camisas, todavía le sigue rateando algunos eurillos en las actualizaciones anuales de la pensión, pero ella le ignora activamente y queda con sus amigas para irse a tomar el apertivo el domingo por la mañana... y se ríe. Se ríe mucho últimamente mi amiga P.