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viernes, 3 de octubre de 2008

Arriba y abajo.

Creo que fue en el mes de junio cuando le ví por segunda vez... Ya me pareció al conocerle que era un hombre atractivo con apariencia de triunfador, un yuppie sevillano de estilo pijillo, con ese acento que ahora no se lleva nada disimular, sino todo lo contrario. Pero en esta ocasión estaba pletórico de veras.

Nos citó, a mí y a mi cliente, en la cafetería del Hotel Palace... Nos esperaban en una mesa bajo la cúpula, el y un comercial de su empresa... se notaba la diferencia de nivel en la empresa con solo observar su distinta forma de vestir: él llevaba un traje de corte impecable, una camisa moderna pero no llamativa y una corbata muy elegante y que debía tener un tacto suavísimo; el comercial que le acompañaba vestía un traje de confección de peor tejido y que le hacía algún faldon que otro, una camisa de hiper-moda nada discreta y que se arreaba de bofetadas con la corbata. Pero además, mientras él estaba sentado cómodamente, reclinado hacia atrás con una pierna cruzada sobre la otra (zapatos negros bien lustrados, de cordones, con calcetines negros de hilo de escocia), el comercial estaba inclinado hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, con un cierto gesto de ansiedad en la cara.

Al llegar nosotros a su mesa, por supuesto ambos se levantaron. Se produce siempre en estas situaciones algo confuso, porque a mí, al ser mujer, los hombres no saben si deben estrecharme la mano o darme dos besos... yo prefiero la mano, que así aprovecho a tantear el pulso del contrario y... en efecto, mientras el comercial me dio una mano un poco "blanda", el suyo fue un saludo que se notaba muy estudiado y practicado.

La conversación comenzó con una frase del tipo que yo me esperaba "¿quereis tomar algo? aquí es que ya nos conocen y esta es siempre nuestra mesa, es la que más nos gusta". A continuación este "boss" sevillano, introdujo el tema haciendo su papel, que no era otro que pintar un paisaje de seguridad y tranquilidad, tanto en lo que se refiere al mercado inmobiliario como, especialmente, a su empresa de cuya solvencia no había duda, y de la que nos podía facilitar si queríamos informacion bancaria... que, no obstante, la promoción concreta en la que mi cliente había invertido está sufriendo unos retrasos por cuestiones administrativas, pero que no quieren perder su confianza y le proponen un estupendo negocio para sustituir al anterior: una promoción en Brasil... Menos mal que no me dejo despistar facilmente por un traje bonito con buena percha ¿no perder la confianza de mi cliente?... si le habíamos estado enviando reclamaciones extrajudiciales desde enero y habíamos presentado la demanda en marzo... Hacer de la debilidad fortaleza... es una consigna básica del marketing. De escuela, vamos.

Dejó el trabajo comercial "sucio" a su acompañante, que desplegó folletos, infografías y planos, y que no conseguía evitar que cierto nerviosismos asomara por la comisura de sus labios temblorosos al no saber, en muchos instantes, si le tocaba reir, sonreir o qué.... claramente estaba muy pendiente de sus gestos porque algo que él si sabía y nosotros no le rondaba la cabeza... Tsé, tsé...

Nos despedimos amablemente, esta vez con dos besos (hemos tomado café juntos en el Palace... ya hay confianza) prometiendo contestar en breve a su oferta pero anunciando que sería negativa seguramente. Al despedirme me miró directamente a los ojos, con esa mirada que intenta transmitir seguridad y confianza, y una sonrisa de apariencia franca... Mi cliente, que es listo como un águila, me hizo comentarios sobre la reunión que coincidían con mis conclusiones: la empresa aún no tiene impagados pero los va a tener en breve, y quieren cerrar el acuerdo cuanto antes... tanta exhibición... además, mi cliente no quiere ir a Brasil para nada, solo quiere que le devuelvan su dinero.


Esta semana le he vuelto a ver... Esta vez venía él solo, no traía ayudante para el trabajo sucio, y la reunión fue en una agencia que ha colaborado con ellos en la comercialización de las promociones. Tenía mala cara, ojeras y la corbata ligeramente aflojada... yo creo que hasta estaba despeinado. Quizá no tenga nada que ver, pero el párpado del ojo izquierdo lo tenía ligeramente más caído. Era la viva imagen del abatimiento, defendiendo sólo a la empresa, físicamente agotado, con la mirada triste... Cuando llegué, estaba sentado a la mesa de reuniones, inclinado hacia adelante reposando el peso de su espalda sobre los antebrazos apoyados en la mesa... se giró, me miró, se puso en pie y me dijo... "estás más delgada, ¿no?"... Evidentemente tenía la guardia baja, porque ese comentario (que a mí me sentó bien porque estoy a régimen) tiene una índole personal de lo más inapropiada, claro... Pero venía rendido, a decir que ahora, la empresa está estrangulada, no van a ir adelante con la promoción de mi cliente, pero además, van a vender el suelo de Brasil... las promotoras no les pagan, no pueden pagar a las subcontratas... tienen mucho suelo, pero ninguna liquidez... vienen a ofrecer la obra construida que tienen en la península. Se agacha. En el suelo hay un "ranchito" de carpetas y carteras, con folletos, infografías y fotos. Y comienza a enseñarle a mi cliente lo que puede ofrecerle. Pero no pueden devolverle el dinero porque eso es lo que no tienen.

Yo lo miraba y comparaba esa imagen con la del Palace; no podía evitar pensar en lo mal que lo debía estar pasando. Probablemente su puesto de trabajo está pendiente de un hilo, y ha debido trabajar a destajo en los últimos meses, viendo además como el barco cargado de oro se hunde por su propio peso, sin que todo el tiempo que él dedica a achicar agua pueda impedirlo. Y además parecía sentirse derrotado y evitaba mirarnos, como si tuviera verguenza, como si supiera que estábamos acordándonos de su mesa favorita en el Palace...

Y así, derrotado, me pareció más persona, más auténtico, incluso más atractivo al poder verle a él y no a la imagen que vende de él... vi a un hombre de mi edad aproximadamente, que ha estudiado una carrera para tener un buen trabajo, que además hace bien (porque el despliegue del Palace era bueno, y él parecia salido del Actors Studio), en el que invierte el tiempo necesario para que salga adelante, cediendo su tiempo de ocio si es necesario... y que se ha visto pillado por este maremoto económico que se nos ha venido encima...

No me gusta ver sufrir a la gente, no me gusta pisarles el cuello cuando están caídos... podía haberlo hecho, porque yo creo que estaba dispuesto a recibir hasta insultos (parece ser que algún inversor citado el mismo día ya se había despachado agusto un rato antes)... Así que decidí echarle un cable y facilitarle las cosas... total, el resultado va a ser el mismo. Y le dije... "puf, parece que nos ha pillado el toro con esto de la crisis, se ve que estás pasando un mal rato Ignacio... debes haber trabajado mucho estos últimos meses, pareces cansado o... ¿es del viaje?... en cualquier caso, somos conscientes de que en este momento estamos en el mismo barco y nuestro enemigo común es la crisis, intentaremos buscar soluciones que a todos nos sirvan, vamos a ser creativos, algo se nos ocurrirá... si no es así, pues veremos por donde sale el juicio... el juez resolverá y si la empresa aún sigue en pie, cobraremos y si no... pues nada". Me miró a los ojos directamente y me sonrió francamente, relajándose automáticamente al comprender que ya no tenía que disimular su abatimiento, pero aún así, no desaprovechó el cable y nos explicó que había tenido partido de futbol el día anterior, que se había acostado tarde y se había levantado a las cinco de la madrugada... y sus movimientos y sus gestos ya fueron más apacibles durante el resto de la reunión.

Qué trabajo más duro, ahora vendes el poderío y tres meses después, tienes que hablar con la misma persona a la que tenias que hepatar, pero ahora para pedir comprensión con la pésima situación de la empresa... La vida enseña a golpes, ahora estás arriba y mañana estás abajo... Y pasado mañana...

jueves, 28 de agosto de 2008

El efecto agosto

El mes de agosto toca a su fin, y durante su última semana se produce el "efecto agosto", que es algo parecido al "efecto Año Nuevo" pero sin las promesas y buenas intenciones propias del fin de año.

Mucho se habla sobre el incremento de divorcios, por ejemplo, achacándose a la intensa convivencia de las parejas durante las vacaciones como detonante de un conflicto conyugal. Y creo que es una valoración acertada, pero que también opera como una causa importante este "efecto agosto" que provoca que el conflicto conyugal se manifiesta aunque no se haya "disfrutado" de ese largo mes de vacaciones, de la misma manera que provoca un considerable aumento de otro tipo de conflictos y litigios.

Sucede, en mi opinión, que el verano marca una hito en el ritmo del año, al igual que sucede con el fin de año, y se utiliza como referencia temporal para tomar una decisión o llevarla a cabo, y el mes emblemático del verano es agosto. Así, las personas y las empresas se marcan el mes de agosto como momento decisivo para resolver cuestiones importantes, poniendo como plazo final "antes del 1 de agosto" o como momento inicial "a partir del 1 de septiembre". Tiene cierta lógica profesional, ya que al ser inhábil el mes de agosto para la mayoría de las actuaciones judiciales, los abogados solemos vacacionar durante ese mes, funcionando así como barrera temporal. Incluso, el año judicial comienza el 1 de septiembre, aunque eso lo desconoce mucha gente, por lo que no tiene influencia en su decisión.

Por ello, la última quincena de julio y la última semana de agosto unida a la primera semana de septiembre suelen ser meses de actividad frenética en los despachos de abogados, ya que la recepción de llamadas, consultas, visitas de los clientes es constante. Y no son todos, ni mucho menos, asuntos de divorcio.

Lo cierto es que no es, precisamente, el mejor momento para iniciar asuntos judiciales. Desde luego, el mes de julio es, en mi opinión, el más desaconsejable debido a que la lentitud de las oficinas judiciales se dispara ese mes, al haber comenzado los oficiales y agentes sus turnos de vacaciones y disponer de menos personal. No obstante, antes de terminar el mes de julio este año, tuve que preparar varias demandas porque si no, los clientes, no se iban tranquilos de vacaciones, a pesar de que les expliqué que había poca o ninguna diferencia entre presentarlas el 31 de julio o el 1 de septiembre.

Y el mes de septiembre no es, tampoco, un momento propicio, ya que se produce una verdadera avalancha de asuntos que el personal de los Juzgados tiene que gestionar al tiempo que da salida a todo lo que, durante los meses de julio y agosto, se ha quedado sobre la mesa.

Es debido a ese "efecto agosto" que para un abogado, superar los meses de julio y septiembre se convierte en un objetivo profesional y personal que se repite cada año, al que se añade, a la vuelta del verano, el conocido "síndrome de estress posvacacional" que, como personas que somos, también sufrimos...

El "efecto agosto": todo un reto de supervivencia.

lunes, 21 de julio de 2008

Todos, a veces, hacemos tonterías

Es cierto. Todos y cada uno de nosotros tenemos, en nuestra memoria, algún recuerdo de algo que hicimos que, a toro pasado, nos parece una equivocación o, incluso, una tontería. En esas situaciones tenemos dos opciones: obcecarnos en seguir el camino que iniciamos, porque la decisión la tomamos en su día y hay que continuarla hasta el final. O asumir que fue un error y salir del camino, intentar reconducir nuestros pasos al punto al que estábamos o, si no es posible, apartarnos, por lo menos, del sendero equivocado y buscar uno nuevo.

Ni que decir tiene que soy siempre partidaria de lo segundo, por supuesto, pero aprendiendo a no colocarnos en la situación que nos llevó a adoptar aquella decisión equivocada. Si no se hace así, terminaremos de seguro en el mismo punto.

Esta generalidad que estoy diciendo es particularmente aplicable en mi trabajo cuando el pleito versa sobre relaciones personales, es decir, muy a menundo. Porque ya sea un divorcio o una discusión entre socios de una mercantil, son muchos los casos en los que la subjetividad del cliente impera y domina el problema, e impide que las personas sean capaces de ver más allá de los siguientes cinco minutos de su vida, ni más atrás de los últimos cinco minutos vividos. Así, se toman muchas decisiones que, con el paso del tiempo, es muy difícil sostener porque el propio cliente pasa a considerarlas "una tontería", descolgándose con frases del tipo... "no tenía que haberle dicho tal cosa", o quizá, "si en aquel momento hubiera esperado un poco a tranquilizarme..."

Lo que está claro es que si uno descubre que su mujer le engaña, o que su socio le roba, lo más probable es que la decisión sea romper esa relación. En estos casos, no se presenta ninguna dificultad, salvo determinar la forma de hacerlo para encontrar aquella que suponga el menor desgaste emocional de los implicados. Por ello, un abogado siempre intentará una solución negociada antes de ir a juicio. O incluso puede recomendar una negociación sin intervención de abogados inicialmente, ya que cuando las togas entran por medio todo el mundo se repliega a la trinchera y puede dar comienzo la guerra sin fase de negociación.

Pero a veces, las relaciones entre las personas no tienen un punto tan claro de inflexión, sino que el deterioro es más difuso y no se sabe bien a qué motivo imputarlo. Si un matrimonio se distancia, y ninguno de ellos es feliz, o si dos socios ya no trabajan con el mismo entusiasmo en el proyecto común que les unió, suele suceder que uno de ellos (normalmente quien se siente más fuerte para "rehacer" -qué poco me gusta ese término, pero esa es otra historia- su vida o su negocio) toma la decisión de romper la baraja.

Y suele pasar muchas veces que esa persona, en realidad, ha tomado la decision de resolver la situación, pero sólo se le ha ocurrido la vía de disolverla, no de buscar el origen del problema y tratarlo. Y es en este tipo de asuntos en los que me he encontrado, precisamente, con que la gente, tiempo pasado se descuelga con un... "ya no estoy seguro", "quizá no fue la decisión correcta, quizá tenía que haber buscado un camino". Muchas veces, incluso, las personas llegan a la reconciliación conyugal o societaria.

Desde el punto de vista profesional, en mi opinión es un fracaso no detectar bien cuál es la causa del problema y si el mismo es o no irreversible. De momento, porque te puede llevar a hacer un trabajo que luego resulte ser innecesario; pero además, porque si el perfil del cliente es de los que, a pesar de reconocer que se equivocó, insiste en sostenella y no emendalla, en realidad no consigues resolver un problema, sino ayudar a que el mismo crezca sin motivo.

Cuando ello sucede en el ámbito de una sociedad mercantil pequeña, de dos o tres socios (que muchas veces funcionan como los matrimonios, sobre todo con las pymes), la lástima es que se puede dar al traste con un medio de vida que venía siendo adecuado para los implicados. Y solo haría falta que estos tomen un poco de distancia para poder evaluar friamente la situación.

Pero cuando se trata de un matrimonio, se está jugando con sentimientos mucho más fuertes; quizá por ello el número de reconciliaciones conyugales es mayor que el de reconcialiaciones societarias. Si bien, siempre es necesario que pase un tiempo para que las personas puedan valorar bien la decisión tomada en su día, y desvestirla de todo el maremagnum emocional que una ruptura nos supone. En el caso de que haya hijos en el matrimonio podemos llegar a una decisión dramática para personas que no tienen el más mínimo poder de decisión, por lo que hay que ser especialmente cautelosos.
Por eso, siempre que entra una pareja a mi despacho para divorciarse, indago especialmente sobre la firmeza de su decisión. Y si hay hijos, intento siempre recomendar una mediación especializada por un profesional. Si detecto un perfil de los "yo-no-reviso-mis-decisiones", intento un acercamiento individual, para conocer mejor los motivos de la irreversibilidad de la decisión, que a veces son futiles, como puede ser un orgullo mal entendido o la inseguridad de no obtener una respuesta afín del otro lado. Y no es que intente yo reconciliar a las personas, que me libro mucho de meterme en las decisiones de nadie; únicamente les recuerdo de forma periodica hasta el momento de la sentencia, o incluso después, que en esta vida nada hay irreversible, salvo la muerte. Y que hay que hacer todo lo posible para ser lo más feliz que uno pueda
Extrapolando esta experiencia al terreno personal, por mi parte, intento revisar las decisiones que tomo... en realidad, intento no apresurarme a tomarlas... y una vez tomadas, las suelo revisar con el tiempo, ya más friamente, para determinar si fue acertada o no. Ello me permite ser firme en mis decisiones cuando, pasado el tiempo necesario, se confirman en esa revisión. Pero no se me caen los anillos por decir "me equivoqué, fue una tontería", si así lo pienso... y en este caso, hago todo lo que esté en mi mano para volver atrás...
Al fin y al cabo todos, a veces, hacemos tonterías ¿no?

sábado, 28 de junio de 2008

La "Corchos"

Ayer tuve una mañana de perros: tuve que ir al Notario, pasar por la oficina de un cliente para terminar un escrito, y luego ir al Juzgado para ver dos expedientes.
Hacía un calor increíble, y la ciudad estaba llena de coches. Como ando últimamente un poco desconcentrada, me perdí y di más vueltas que una peonza y, al final, me ví metida en un atasco morrocotudo. El personal estaba desquiciado con el calor, los humos y la hora de comer acercándose; los peatones se lanzaban a cruzar antes de que el semáforo les diera paso, aprovechando que los coches estaban parados, intentando así estar el menor tiempo posible expuestos a la solanera que estaba cayendo... los coches estaban tan atentos a aprovechar la más mínima posibilidad de avanzar medio metro que no se fijaban en si había peatones cruzando... amagos de atropello, de colisiones por alcance, el lorenzo cayendo a plomo, los tubos de escape lanzando más calor aún... agotador.
Por fín llegué a los Juzgados, y el calor se atemperó un poco, pero no mucho. Tenía que ir a la séptima planta y, desde luego, no estaba dispuesta a subir por las escaleras en esas condiciones, así que llamé al ascensor, que funciona fatal y tarda mucho. Pero con tal de no subir, prefería esperar media hora si era necesario al ascensor.
Junto a mí, a mi izquierda, esperaba otra persona, un hombre de unos 65 años aproximadamente, bien vestido y con unos papeles de Juzgado en la mano. Deduje que era abogado, porque los procuradores suelen llevar carpetas con muchos más escritos, y no era un particular porque se movía con familiaridad en el edificio.
Entonces apareció ella, una abogada de unos... ¿cincuenta años?... luego me enteré de que tenía sesenta (muy bien llevados). Rubia, con mucha "personalidad" y muy marcada. Llevaba un vestido veraniego oscuro, con falda de vuelo que movía con mucha gracia, y unos taconazos de los de infarto. Iba caminando con paso muy resuelto, seguida por dos personas, a las que iba explicando en voz muy alta y con acento sureño lo que iban a hacer ahora, y qué paso era el proximo en el procedimiento. Llevaba una carpeta en un brazo. Sin duda, era una abogada.
Se sentó con sus clientes en el banco inmediatamente detrás nuestra, y entonces reconoció al hombre que esperaba junto a mí el ascensor. Se acercó a él dando saltitos y le dio como una especie de achuchon-abrazo, y abriendose también un poco hacia donde yo estaba de manera que me hacía partícipe de lo que iba a decir, soltó... "Hombre, qué tal!... Qué gusto verte... ¿sabes lo que hacen las mujeres de la cárcel de (no se donde dijo, un lugar)?"... y el hombre contestó con un lejano acento sudamericano: "Hola... pues no, no lo sé, dimelo tú". "¡Les enseñan las tetas! ¿qué te parece? ¡las tetas!... y están ¡que se suben por las paredes!..." Y se rió de forma escandalosa, volvió al banco, recogió su carpeta y a sus clientes y tomó el pasillo de la izquierda caminando como llegó: con mucho aire, moviendo las caderas y hablando y riendo en voz muy alta.
El señor a mi izquierda me miró como interrogante... pensé que buscaba algún comentario mío, así que le dije... "tendrán calor las pobres"... Pero entonces me di cuenta de que lo que buscaba en mí era cuál era mi opinión sobre el abordaje que le había hecho la rubia abogada escandalosa, como si quisiera excusarse. Y entonces, me contó que él era abogado, peruano, que había llegado a este pais en verano de 1975, y que la conoce desde entonces... que siempre ella había sido así, muy bromista, y que incluso él le había retirado la palabra durante tres años debido a que, yendo con su esposa, habían coincidido con ella en dos ocasiones y ella lo había puesto en un aprieto ante su señora: una vez le echó mano al paquete y otra le había plantificado un beso en la boca, lo cual le ocasionó sendos problemas con su mujer.
Y me contó que ella, que ya es abuela y no volverá a cumplir los sesenta, está ahora un poco más moderada, pero le gusta provocar a la gente y es feliz así. De joven, la llamaban la Corchos, porque hubo una moda de zapatos con plataforma de corcho que ella siguió como una buena fashion victim: al parecer llevaba unos zapatos que era más fácil hundir un petrolero que a ella.
Me resultó simpática la situación y los personajes, así que se me alegró un poco la mañana. Y la Corchos, pues tan feliz que iba por el Juzgado, haciendo su trabajo, riéndose de la vida, bromeando a los colegas y, sobre todo, poniéndoles en evidencia frente a terceros, que es lo que le gusta. Y eso que según este señor, ya está mucho más moderada. Será la edad.

viernes, 20 de junio de 2008

Aventurillas profesionales: el médico Florente.

Un día tuve que ir a un pueblo pequeño cercano a la ciudad en la que vivía hasta hace cuatro años, a ver a un cliente que no podía trasladarse a mi despacho porque estaba incapacitado para ello. Se trataba de un accidente de tráfico en el que mi cliente, recién venido de Granada, había sufrido graves lesiones en las piernas y le costaba mucho caminar, y siendo de una familia de muy pocos medios, no podía tomar un taxi hasta mi ciudad, ni ninguno de sus hijos podía llevarle.


El pueblo estaba situado a unos cuarenta kilómetros de distancia, y yo, a fin de que no me cortara el ritmo de trabajo del día, decidí ir allí a ultima hora. Como una es "profesional liberal", (y lo que yo no haga, nadie lo va a hacer y, lo que es peor, nadie lo va a pagar), al final, entre terminar un escrito, hacer unas llamadas y consultar unas sentencias, se me hicieron las nueve de la noche. Pero le había comentado al cliente que me pasaría tarde, así que no me preocupaba la tardanza.

Era invierno y, por tanto, noche ya cerrada; yo salí ufana con mi coche, tomé la autovía, pasé el puerto, tomé el desvío, luego el otro desvío... llevaba mi plano de la calle en el salpicadero para poder localizar la casa, así que, después de un par de vueltas, encontré la vivienda. Aparqué y, con los trastos de faena, me bajé del coche y me acerqué a la puerta.

Se trataba de una típica casa baja de pueblo, modesta, con la pared estucada en marrón y rejas de aluminio en las ventanas. Llamé y me abrió una niña de unos doce años, que no podía negar que era gitana, y de las guapas además. Así que entonces me ubiqué, mi cliente, con quien únicamente había hablado con él por teléfono debido a su problema de movilidad, era gitano, lo cual me exigía adoptar una serie de precauciones destinadas, fundamentalmente, a no dar una mala impresión al cliente. Los payos y los gitanos no tienen los mismos criterios para estas cosas, y para un gitano, tratar un asunto propio con un payo le genera desconfianza, y si es mujer aún más.

Me invitaron amablemente a pasar y entré en lo que debía ser la estancia principal de la vivienda, un salón grande con una gran mesa de camilla en el centro, rodeada de muchas sillas, por lo menos ocho, y cubierta con un mantel de hule. Sobre la mesa, restos propios de la vida cotidiana: una taza de café vacía, un cenicero usado, el folleto de un hipermercado.

Miré a mi alrededor con un poco de disimulo, para ubicarme en el escenario, y pude ver una cocina al fondo con la cacharrería de la reciente cena, y en una esquina del salón, una chimenea con el fuego prendido y unas trébedes para calentar o cocinar. La habitación estaba llena de personas de todas las edades: mi cliente y su mujer, estaban sentados a la mesa, en un lugar preferente en cuanto al control visual de toda la habitación. A un lado de la mesa, otra niña, esta de unos nueve años, escribía sobre un cuaderno algo que debían ser los deberes del cole. De pie, en actitud expectante hacia mí, ví a varias personas adultas, por lo menos ocho, todos ellos de edades entre veinte y cuarenta años que identifiqué como hijos de mi cliente y sus conyuges; entre sus piernas y por toda la habitación correteaban niños en número indeterminado (se movían mucho y yo tenía que concentrarme en mi cliente) unos descalzos y otros no, todos muy pequeños, con pañales o con las verguenzas al aire, pero en todo caso, armando un buen griterío infantil.

Con este vistazo somero al escenario y a la concurrencia, me dirigí directamente hacia el mayor de los presentes, que se levantó al verme acercarme. Le extendí la mano, le di las buenas noches y le llamé por su nombre. Me respondió con un "Buenas noches, señá abogá"; su voz la conocía y su acento de Granada también, así que me dí un minipunto por el acierto, aunque no era difícil. Seguidamente, y para no faltar a nadie, hice lo mismo con su mujer, y erguida me dirigí a la concurrencia para hacer un saludo general que creo que fue bien acogido.

Me invitaron a sentarme y me preguntaron que qué quería tomar... Ops, esa contingencia no la había contemplado; las condiciones de higiene de la vivienda no me convencían y no quería hacer un feo, así que, entre café y agua (que fue su oferta) elegí café por aquello de que el agua tiene que hervir.

Pasamos ya directamente a tratar del asunto que me llevaba allí; todo el mundo escuchaba en silencio y hacía de vez en cuando alguna pregunta, como si el asunto fuera un tema de todos ellos: todos escuchaban y todos opinaban. Menos, claro está, los niños que seguían por la estancia haciendo de las suyas.

Fue una conversacion de lo más normal en estos casos: yo les explico la visión del asunto, y voy preguntando algunos detalles que quizá no conozco y puedan tener interés. Los allí presentes, entre todos, hacían memoria de lo que había pasado o no. Y todo iba bien, hasta que salio el tema del médico forense: mi cliente ya tenía el informe del médico forense, se lo habían hecho en Granada. Sobre ese informe, yo tenía que cuantificar la indemnización para decirle cuánto ibamos a reclamar a la compañía aseguradora contraria. Era, por tanto, el núcleo del asunto y el motivo de que todos estuvieran tan implicados en el mismo.

En ese punto álgido de la conversación, yo me suelo encontrar muy concentrada y en tensión, porque es especialmente importante conocer la opinión del cliente y qué es lo que quiere hacer, y debo asegurarme de que comprende bien el meollo de la cuestión.

Pues así estaba yo, tan concentrada y tan seria, cuando la mujer de mi cliente decidió hablar, para decirme... "noooo, si ya le decía yo a mi marío que sería lo que el médico florente dijera..." y ¡zas! perdí la concentración y por unos segundos entré en pánico porque creí que no iba a ser capaz de controlar la sonrisa. Y no es que me haga gracia que haya personas que digan "florente" en lugar de "forense", porque creo que no todos hemos tenido la fortuna de estudiar y que la sabiduría no está necesariamente en los libros. Pero tenía tanto interés en lograr el respeto de ese clan, que nada más que pensar en que si me reía lo fastidiaría todo me provocaba una risa difícilmente contenible.

En esas situaciones, me suele pasar además, que me da por mirarme a mí misma y preguntarme... ¿qué haces tu aquí, a estas horas de la noche, metida en una casa llena de personas cuyas normas sociales son tan distintas a las de tu entorno, tomando un café a duras penas, rodeada de gente que puede ofenderse contigo si se te escapa la risa en este momento?... Me meto en unos lios... Hice un esfuerzo como pocos he hecho en mi vida para no reirme, y pronuncié yo una frase con la palabra "forense" por si alguen tomaba nota, pero en vista de que insistían en ponerle ese apodo, tuve que optar por evitar la palabrita, no fuera a ser que pensaran que era yo quien no sabía decirla, porque ¿qué clase de abogada no sabe pronunciar bien médico "florente"?.

Conseguí salir del trance de la hilaridad peligrosa y volver a centrarme en el tema, esta vez añadiendo un especial cuidado a no ponerle apellido alguno al médico, y concluí la visita. El asunto salió bien, finalmente el hombre cobró la indemnización que le correspondía según indicaba el informe del médico... ya no se si es forense o florente... dejémoslo en el médico del Instituto de Medicina Legal.

Y ahora, cada vez que tengo que hacer un escrito haciendo referencia al médico forense o pronunciarlo en sala, incluso al escribir este post, me acuerdo de aquello y no puedo evitar que, al menos una de las comisuras de mi boca, se entorne un poco hacia arriba, en media leve sonrisa. Y aunque de mi boca salgan las palbras "médico forense", en realidad, en mi cabeza el eco que resuena es el de "médico florente".